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ALJUMA

Preservativo

Carlos Rivera

26/01/2005




En cuestión de horas, la Iglesia (cuyo reino no es, desde luego, de este mundo) se puso el preservativo y se lo quitó, metafóricamente hablando. Nuestros santos varones debieron de oír desde las alturas alguna regañina celestial. O tal vez la debilitada voz de Fraga que, desde su feudo de Galicia, afirmó rotundamente que piensa morirse sin haber usado jamás el condón, como buen cristiano ibérico. Queda, pues, preservada con el no al preservativo nuestra vieja moral del Sinaí, con un Dios colérico tronando desde las alturas contra Sodoma, Gomorra y todos aquellos que contradicen las santas palabras de "creced y multiplicaos". ¿De dónde se habrán sacado nuestros santos varones ese Dios que ellos creen encolerizado eternamente contra el uso debido o indebido del sexo? Poniéndome en el lugar de todos aquellos que siguen la doctrina creacionista, me pregunto de nuevo: ¿a cuento de qué el Divino Creador puso en los hombres y en las mujeres ese instinto animal del sexo que además de procurar placer y producir seres humanos puede propagar enfermedades tan terribles como el sida?.
Desde luego la santa infantería no piensa así. Me refiero a los misioneros que luchan por la pobre gente en todos los pobres confines del mundo y que no sólo aconsejan el uso del preservativo sino que lo promueven y lo pagan, a veces, de su propio bolsillo. Esos sacerdotes y laicos están desobeciendo la doctrina de su Iglesia, pero obedeciendo la doctrina ética de su conciencia humana y en desacuerdo con el cardenal Lozano, prelado de México, quien acuñó el eslogan de "inmunodeficiencia moral", peyorativo que atenta contra la propia condición de los seres humanos, tanto los homosexuales como el resto de los que no ejercen la abstinencia sexual.
Con esa frase del cardenal mejicano no sólo se condena a los que padecen la enfermedad del sida, aunque sea producto de violaciones o transfusiones de sangre, sino que es una agresión contra millones de mujeres del mundo que no están en condiciones de exigir a sus parejas el uso del preservativo. ¿Por qué no reconocer que con tanta preservación moral quienes así se expresan padecen un déficit ético de envergadura? La mayoría de los afectados por el sida son personas pobres. Habrá pueblos enteros que pronto serán exterminados por el sida. Van veinticinco millones de muertos. Y los que van a morir todavía. El virus y la miseria que esos pueblos padecen no pueden entender esa moral que los condena. Sólo son pobres seres humanos.
Sería deseable que nuestros santos varones hicieran un ejercicio de cordura, de raciocinio intelectual. Y que aplicasen eso que llaman "inmunodeficiencia moral" a sus propias conciencias condenatorias. Y que entendiensen, a la luz de la razón, que el sida no es un castigo divino sino una enfermedad mortal y que el preservativo, con todos los riesgos que pueda tener su uso, es, por ahora, el único medio para impedir la propagación de tanta muerte indeseada.
Un sacerdote jesuita y médico, el doctor Jon Fuller dice, respecto al tema: "Así como la amenaza planteada por las armas nucleares nos ha llevado a reconsiderar nuestra postura contra la guerra, la creciente amenaza del sida exige que reevaluemos nuestras posiciones frente a su prevención". Este sacerdote es uno de los de la santa infantería y no precisamente un indocumentado. Conoce de primera mano el problema y afirma que es "moralmente inaceptable que la Iglesia condene el uso del preservativo". Ciertamente, no sólo los miembros de la santa infantería que viven el drama humano en sus misiones sino destacados moralistas y teólogos cristianos están en pie de guerra contra esa grave irresponsabilidad que, por su influencia en las conciencias, no sólo ayuda a combatir el sida sino a extenderlo.
El principio ético de salvar una vida en peligro establece que debe derogarse toda prohibición moral que no ayude a preservar la existencia humana. ¿Cuántos millones de personas de confesión cristiana hubieran evitado la muerte por sida de haberse puesto el preservativo cuyo uso les era vetado por cuestiones de conciencia? Aquí nos habíamos hecho ilusiones.
Estábamos celebrando que nuestra Iglesia nacional había entrado en razones ante el problema del uso del preservativo. Sólo duró unas horas la alegría de los creyentes. Menos mal que no les hacen mucho caso.
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Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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