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ALJUMA
El mejor homenaje
Carlos Rivera
19/01/2005
Dicen que en las pasadas fiestas de los Reyes Magos el libro más vendido ha sido El Quijote . Al menos eso afirman algunos libreros amigos y de tal noticia me congratulo. Aunque sólo fuera por estar al día, o más bien estar al año del Quijote, podría imaginar, sólo imaginar, que con que sólo una mínima parte de los compradores del libro lo leyeran y no lo dejaran como un icono en una estantería, habría que celebrarlo como un homenaje no sólo al libro sino a la lectura, aficción tan poco recurrente en estos tiempos. Según recientes encuestas de absoluta fiablidad la inmensa mayoría de nuestros universitarios no padecerá en toda su vida el síndrome de Menéndez Pelayo, que consiste en una especie de estado de angustia y de carencia por los libros que no habremos tenido tiempo de leer en esta vida. El señor Menéndez Pelayo fue acreedor a una vastísima cultura debido al ensimismamiento de toda una vida dedicada enteramente a los libros, cuestión, hoy, bastante improbable de que suceda en tiempos tan poco propicios al ensimismamiento de las vidas. No hay, pues, ninguna posibilidad de que tal síndrome prospere entre tantas perversas adicciones como padecemos los humanos del siglo XXI. La adicción a los libros y el lamento por los que no habrá tiempo de leer en esta vida es cosa del pasado. Borges, que padeció el síndrome de Menéndez Pelayo, se sintió desolado por el mismo motivo que el conservador escritor santanderino a la hora de su muerte, aunque el viejo almacén de su cerebro estuviera repleto de toda la filosofía de oriente y occidente, de todo el esplendor y la derrota de la literatura de los siglos, de todas las sombras del sueño y los fantasmas de la realidad. Por eso fue el gran bibliotecario del siglo pasado con los paisajes de todas sus obsesiones, a las que fue vulnerable como un niño desdichado que nunca fue feliz al modo de la gente que bebe a morro de la botella de la vida. El escritor, si está rodeado de sus libros y de los libros de otros escritores, es un agujero por el que se filtra la soledad del mundo. Nada mejor que una buena biblioteca para encandilarse en un misticismo complaciente. Esa especie de rara felicidad no está al alcance de cualquiera. Y es que, entre los libros, uno se somete a la oxidación del tiempo que se detiene en una página como en el exorcismo de la eternidad del abad Vinila, aquél que extasiado ante el canto armonioso de un pájaro, dejó transcurrir entre su soledad y el tiempo más de trescientos años. Esa especie de logro de la eternidad a tiempo parcial tiene, por ejemplo, la ventaja de que mientras uno se fuma un poema de Elliot ha llegado la noche o la necesidad de abrevarse una dorada y fresca cerveza, recordando, entre trago y trago, el poema de los hombres de paja, tan abundantes en estos tiempos. Otra ventaja añadida es que, tras esa pausa en la lectura, eres inmune al contagio de idiotez de la televisión, aunque la tengas frente a tus narices. Si uno es condescendiente con su pareja está obligado, entonces, al comentario de ciertas frivolidades del día, como el pensamiento de que las grandes rebajas de estos días han llegado también a las conciencias de los sujetos de Batasuna, dispuestos a ofrecer una paz irlandesa a cambio de no segregarse del Estado español. Eso sería para celebrarlo ensimismándote en el jardín de las delicias de un cuento sufí o en la música de cámara del teorema perdido de Fermat por el peso de un pétalo de rosa. Dadas las circunstancias, mejor sucumbir al síndrome de Menéndez Pelayo, aunque te haga cargar con el equipaje de la desilusión que entraña no tener las suficientes respuestas, por mucho que leas, a las innumerables preguntas de la vida. Porque al final, pasa lo que pasa: acabas por saber que apenas sabes nada. Lo que desazona al lector incurable es la realidad misma en su finitud, puesto que vivimos descubriendo y olvidando continuamente. La vida, en sí misma, es una prodigiosa ficción de laberintos y nostalgias. Aunque algunos sigamos prefiriendo ese impagable placer de encerrarnos entre los libros, como quien asiste, en la lectura de cada página, al germinar invisible de una flor. Así lo espero para aquéllos que habiendo comprado en los pasados días el Quijote, se atrevan a leerlo. Sería su mejor homenaje en el año del cuarto centenario.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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