EL ENIGMA DE LOS HIELOS
CARLOS RIVERA
Perplejo estoy ante el dictamen de los sabios de nuestro Consejo Superior de Investigaciones Científicas : los pedazos de hielo caídos durante los pasados días no son sino extraños procesos de congelación en la estratosfera terrestre, un lugar extraordinariamente pobre en vapor de agua, razón por la que es inexplicable de donde sacan los bloques de hielo no bromistas tanta materia consistente. La ciencia, cuando no tiene explicaciones racionales, se limita a cursar telegramas tranquilizadores para que el hombre medio , en su lógica pura, no llegue más allá, en los arrabales de su imaginación, que los metafísicos o los poetas, seres que somos considerados ilusos por antonomasia. Es sabido que, durante siglos, el hombre de la calle ha tenido más fé en la hechicería que en la ciencia. Kepler, para ganarse la vida, tuvo que dedicarse a la astrología, esa rama inverosímil de la astronomía de la que provienen los horóscopos, las cartas astrales y toda esa tribu de merlines de pacotilla que tienen secciones especializadas en cualquier medio de comunicación cuyo reflejo mercantilista pone el punto de mira en la inocencia de la gente. Nada científico, por supuesto. Ante los problemas de la vida las almas cándidas necesitan la predicción astral. Más que nada para tomar medidas preventivas, dado que creen que el destino puede manipularse según los consejos de cualquier pitoniso/pitonisa de a tanto el minuto la llamada telefónica. A la hora en que vienen mal dadas incluso cualquier racionalista descreído puede traicionar la firmeza de sus principios y encomendarse a lo sobrenatural. En este desvalimiento del ser humano ante las cornadas de la vida basan las religiones y las sectas el prestigio de la oscuridad, pues no hay problema más oscuro que el de la eternidad o Dios. Si la caída de los hielolitos se hubiera producido en la época de Parménides o de Aristóteles o en la Edad Media, no sólo los hombres de la calle, los metafísicos y los poetas sino la misma ciencia los hubieran considerado como signos de los cielos. Aunque la ciencia, entonces, estaba a medio hacer. El apeiron o el firmamento estable, inmutable y sin origen eran sus fundamentos más consolidados y lo de Galileo eran simples experimentos astronómicos, comparados con el actual desarrollo cualitativo de las ciencias. Desde Einstein, sobre todo, la física. Y, sin embargo, una vez especulada, logificada, la materia, hasta en sus más insignificantes cuantismos ; conquistada la luna y poblado el universo de satélites que nos lo sirven en fotografías precisas, mapas y comunicaciones estelares, nueve trozos de hielo verificados como no bromistas no tienen otra explicación más convincente que la que nos han dado. Habrá que encomendarse a los metafísicos y a los poetas, seres ilusos pero que, en ocasiones, al transgredir el orden lógico, suelen ser más certeros que los deprimentes análisis del método científico. Y aunque los poetas no osarán personarse en la causa de los heliolitos, tampoco conviene olvidar lo que la ciencia le debe a la poesía y a la filosofía. Borges (“El tercer hombre”) escribió : “En este mundo cotidiano / que se parece tanto / al libro de las Mil y Una Noches /, no hay un solo acto que no corra el albur/ de ser una operación de magia / no hay un solo hecho que no pueda ser el primero / de una serie infinita”. Tomada con ironía esta cita conviene concluir que en los tiempos que corren cualquier fenómeno meteoroilógico como este de los hielos no deja de ser sino una manifestación del libre albedrío de la materia, complicada cuestión ante la que los físicos más experimentados se muestran impotentes. El tejer y destejer del universo en sus ramificaciones infinitas ha conducido a la ciencia moderna, según mi modesta opinión, al límite de la capacidad del pensamiento humano. Cada día que pasa nos encontramos con un nuevo modelo de universo. El enigma de los trozos de hielo, caídos en latitudes no propicias, en un invierno seco y frío y con los días azules, así parece demostrarlo.
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