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DEL COLOR DE LA NADA

CARLOS RIVERA

Madre : quisiera haberte besado como a una música, pero tu frente estaba fría. La madrugada estaba fría y yo no tenía ya ni lágrimas ni besos para tu despedida. Sólo era un niño abandonado en la noche. Un niño a quien la primavera adelantada le había asestado la puñalada clínica de tu certificado de defunción. Ahora no existes. Es posible que yo tampoco exista. O que haya retrocedido en el tiempo, regresado a la infancia luminosa, igual que mis hermanos. En aquella madrugada del catorce de marzo fuimos, de nuevo, tus niños pequeños, tus hijos del color de la nada. Ahora ya nada importa. Todo ha pasado. Las largas noches de hospital doliendo como tu respiración asistida. Tus ojos abiertos ¿ qué estarían pensando ?. Sólo en nosotros, tengo esta certeza, presentidos alrededor de tu cama como yemas de la flor de tu amor. En ese instante eterno en el que te mirábamos sombríos también pensábamos nosotros en lo que no te dimos en la vida. Tan sólo te llamábamos para decirte lo que nos dolía, para pedirte algo, para quejarnos de cualquier carencia. Y la verdad es que tú, como todas las madres, nunca necesitabas nada. Tan sólo que estuviéramos cerca de ti, llamándote con el sonido de la palabra más hermosa con la que un hombre puede expresar el amor : madre, mamá. Ese era tu nombre. Ese el rescoldo de tu biografía. Durante las largas noches de tu enfermedad y en las dos noches que velamos tu cuerpo sólo recordábamos esa palabra, madre, y en ella cabían todos los verbos y los adjetivos y los pronombres y las preposiciones y conjunciones. Toda la azul gramática de la infancia. Toda la semántica de nuestras necesidades y deseos. Por eso, madre, al abandonarnos para siempre nos hemos quedado sin palabras. Me está costando mucho decirte que te amábamos en este balbuceo. A ti, que fuiste mi clave inverosímil, nunca le dediqué un poema de amor.
La luz de la mañana que nos trajo tu muerte quise escribir sobre la teoría del amor de las madres. Si mis lágrimas hubieran sido tinta sólo habrían expresado ese perfume seco del vacío absoluto. De repente se me habían olvidado los nombres de las cosas que tú, mamá, me habías hecho aprender. Se me habían olvidado tus caricias, el resplandor de tus palabras al consolarme en mis inumerables cuitas con la vida. Son tantos los resplandores interiores que conservo de ti que, aún en estos momentos desolados, tengo una sensación de azul extraño entre tanto dolor. Un sentimiento azul que llora en orden esa herida invisible dentro de mi conciencia del color de la nada. Eso es lo que ha quedado entre mis ojos cuando quise besarte como se besa a una música y ya tu frente estaba fría, madre. Y a la mañana siguiente ya cantaban los pájaros como en los amanaceres del hospital. La vida sigue y aunque yo me sienta talado como un bosque y un desierto de nubes inunde mi cabeza, debo volver a mis asuntos. Esa es la transición que temo : retornar a las horas más eternas del día sin la necesidad de acudir a tu casa para estar junto a ti, como cada semana. Soportar que me digan todos los que me quieren que “es ley de vida”, cuando tu vida era mi ley. Nadie acepta, sin más, renunciar a un amor que no tiene comparación posible con todos los amores de este mundo.
Han pasado unos días y ahora estoy escribiendo mi epílogo. Me cuesta tanto hacerlo que cada palabra que sale de mi pluma es como un sufrimiento intemporal, una inútil vacilación sin forma. Lo siento, madre, nunca te dediqué un poema de amor. Cuando pasen los años y te recuerde viva, pletórica de amor como todas las madres, dispuesta al sacrificio cotidiano de quien todo lo dió sin pedir nada, tal vez me reconforte decir en una lágrima las palabras más dulces, esas que no me salen en estos momentos del paisaje lunar del corazón. Ha concluído el tiempo de los besos porque sobre mis ojos unas letras de sangre me desnudan el alma : madre, el universo de mis universos. Del color de la nada. Y en este estado provisional de niño que no encuentra tu mano para cruzar el puente de las sombras en las que tú me esperas.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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