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» Cuento de Navidad 2004, de José Ramírez Muñoz |
Cuento de Navidad/ José Ramírez Muñoz
Cerca de la estación, en un bulevar, junto a un banco rodeado de bultos, la mujer daba pasitos arriba y abajo sin alejarse de los bultos. La tarde era fría y la luz estaba encerrada en una lágrima que envolvía el mundo. La mujer tenía el rostro del mayor desamparo que nunca se haya visto y un llanto largo, quieto y seco, sin lágrimas. El bulevar estaba solo, salvo ella. El que la vio paseaba a su perro. Y la mujer entrada en años que se la cruzaba no quiso pasar de largo. -¿Qué le pasa? –le preguntó. -Mucho sufrimiento –dijo en una lengua que le resultaba extraña. –Muchos días aquí. Dormir aquí. No dinero. No trabajo. -Pero ¿está usted sola? -No. Con marido. Más hombres. Buscar trabajo. -A ver. Vienen muchos. Aquí no estamos tan bien. No hay trabajo para todos. El hombre del perro observaba oyendo retazos de la conversación. Había visto durante varios días un grupo de hombres y dos mujeres hablando. En la mancha oscura de la noche le habían parecido árabes. Ahora, mientras oía a la mujer, creyó que era rumana; tal vez una boliviana morena, de esas que llevan un gorrito que en el siglo pasado llevaban en Europa los hombres. En esos oscuros pensamientos que nunca se comparten, al hombre del perro se le pasó la idea de que pudiera ser una célula terrorista. Piensan en esta cosas muchas veces personas que no son racistas cuando el mundo algunas tardes, en el vacío de una hora fría, en un lugar solitario se llena de sospechas y de pensamientos turbios. La mujer entrada en años la despidió sin formalismos y caminó hacia donde estaba el hombre del perro. Éste la abordó: -¿Qué le pasa? -A ver, que las criaturas vienen aquí a buscar trabajo y la cosa está difícil aquí también. Y nosotros, ¿qué podemos hacer? Dice que pasan la noche ahí en el banco, con su marido y más gente, que los echan de la estación. La mujer se alejó. El hombre, mientras el perro había dejado de husmear esperando que su amo se decidiera a seguir andando, dio la espalda a la mujer de los bultos junto al banco. Se echó manos a los bolsillos y no tenía monedas. Recurrió a la cartera y preparó un billete. Se acercó a la mujer y quiso decirle algo pero no pudo porque la mujer que lloraba sin lágrimas, al recoger el billete, dejó entonces soltar dos lágrimas en el rostro del mayor desamparo que nunca se haya visto. Quiso besar la mano del hombre pero él lo impidió. Se sintió conmovido y mientras ella farfullaba palabras de agradecimiento, él dijo adiós y se fue. Al llegar a casa cogió la guía telefónica y buscó alguna organización que pudiera darle cobijo a aquella gente pero cuando llamó el teléfono daba los pitidos del fax. A la noche siguiente, cuando salió con el perro, estaba allí toda la pandilla hablando con un jubilado que frecuentaba el lugar. Tenían el número de un teléfono móvil de un tal Manolo que les daría trabajo en la recogida de aceituna a 100 kilómetros de allí. Llamó el jubilado pero no respondían en ese momento. Quedó con ellos en volver a intentarlo en su casa hasta que lograra comunicarse. Cuando a la vuelta se encontraron hablaron el jubilado y el hombre del perro. Compartieron información e impotencia. El jubilado quedó en ir a la organización que le indicó el hombre del perro. El hombre del perro sale cada tarde por los mismos sitios a esa hora imprecisa en que no es de día ni de noche y en la que en días de frío el mundo parece estar dentro de una inmensa lágrima. Esta última tarde el bulevar está vacío. No hay nadie ni bultos cerca del banco ni pasa ninguna señora entrada en años ni un jubilado que pueda dar cuenta de sus gestiones. Sólo un hombre y un perro caprichoso que duerme caliente y exige comer de la comida de sus amos, nada de piensos. El hombre siente alivio porque el banco está sólo y no hay bultos y la tarde parece hermosa y fría y está cerca la navidad, en las avenidas céntricas, llenas de luces de colores, con ruidos de coches y gentes que caminan a toda prisa. Pero la navidad no es eso. Es un hombre y una mujer que buscan cobijo para pasar la noche y no lo encuentran. Sin embargo, este bulevar está solo, completamente solo y eso para el hombre es una gran alegría. Bien que lo sabe su perro.
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Carlos Rivera
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