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CONCIENCIAS DESARMADAS
CARLOS RIVERA
“ Escribiendo, detesto menos al mundo”. Es una frase de Arturo Pérez-Reverte con la que no consigo hacerme ilusiones. Alucinar con lo que está cayendo y no revolversete las tripas y ponerte a escribir como si nada, como si no fuera contigo que el mundo, incluso como pañuelo, es un asco, me pone, a veces, demasiada hiel en las palabras, como me dicen los amigos. Debe ser consecuencia de un mal destete de la leche materna. O una estrategia inconsciente de mis neuronas, hartas de soportar que en todo lo que leo, contemplo o escucho cada día hay una puerta tan estrecha como ese ojo de la aguja que nos ponían de ejemplo infantil para ir al cielo. Cuando los animales andan sueltos por la calle asesinando esposas ; cuando la muerte es la política de los irracionales ; cuando los niños, esos seres perplejos, se convierten en trasparentes víctimas de los envilecidos, sólo deseo que cada una de mis palabras se convierta en cuchillo, sin importarme la belleza literaria. Cuando leo que dos compañías eléctricas, con un beneficio de trescientos treinta mil millones al año, anuncian, a la par que su fusión, el despido de más de cinco mil trabajadores, detesto al mundo, querido Arturo Pérez Reverte, y pretendo expresar este resentimiento de impotencia que para nada sirve como no sea para ser compartido al mismo rasero por otros seres humanos de buena voluntad que puedan leerme. No pretendo hacer literatura. Sólo cuando soy isla y creo en la belleza como isla, me encierro en un poema. Es mi venganza de cristal. Ellos, los que envilecen, los que arrasan con su riqueza, los que maltratan la dignidad humana, no tendrán jamás ese placer. Los que utilizan sus poderes fácticos para contribuir al incremento de basura en las conciencias de la sociedad, no tendrán jamás ese placer. Los que callan y otorgan en la ceremonia de la confusión del poder mientras medio mundo vive y muere a la intemperie, tienen el asco de mi palabra. Escribir, cuando uno tiene conciencia de lo que pasa en este mundo, es una suerte de patología irremediable. Un acto agónico de sufrimiento. Tal vez por eso abunden los escritores insolidarios, los que sólo persiguen otro envilecimiento, el de ganar dinero rápido y fácil y llegar a la fama como las marionetas que salen en la televisión. Debe de ser una de las razones por las que hace algún tiempo dejaron de interesarme los premios literarios y la poesía como instrumento de onanismo. Será por la edad y por el sentimiento de lucidez que te hace ver las cosas en sus tuétanos y no en la máscara de su envoltura. Para hacer tratados de la nada están los paisajistas al estilo capitán Alatriste, los sediciosos poetas de la corte y los bufones de los periódicos. Para jugar a la literatura están los fantasmones, unos pálidos remedos de escritor que malgastan palabras para ser conocidos por la gente. Los tiempos que vivimos no son tiempos en absoluto edulcorables. Cuando ves a unos señores bien vestidos machacar a la gente sin protección ideológica, no es decente callar. Bajo el imperio del pensamiento único se están cometiendo crímenes de guante blanco tan execrables como los de ETA, aunque la sangre derramada no se filtre por las páginas de los periódicos. En el área de castigo de la conciencia, como diría Jorge Valdano, ves lanzar los penalties de la humillación contra los débiles un día y otro día. Y te alarmas cuando un treinta por ciento de la juventud de tu país se confiesa racista según una reciente encuesta de opinión. Y te sientes terriblemente mal cuando en la sobremesa de una cena de amigos expresas tu dolor y tu congoja por los desheredados de la tierra, por los deshechos de la globalización y sientes como el resto de los comensales te mira con una sonrisa irónica, como perdonándote la vida. No está de moda en estos tiempos estar del lado de las víctimas. La globalización es el paraíso evidente. Te lo prometen las multinacionales y los portales de Internet. No hay más cielo a la vista. Aunque para llegar a conseguirlo se necesite pisotear la dignidad de las conciencias desarmadas.
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Carlos Rivera
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