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BITÁCORA
Belén
Carlos Rivera
22/12/2004
En los belenes que se montan estos días en algunas casas cristianas (otras lucen la hegemonía sajona y ciertamente pagana del "árbol") los Reyes Magos o simplemente los Magos, parecen figuras algo desorientadas en su esencia. Hoy no se sabe si los está guiando la luz de aquel cometa fantástico o el estallido de un misil de Bush en aquellas tierras tan decoradas por la pólvora. En medio de los desiertos plateados las figuras de los Magos cabalgan hacia la incierta luz de un pequeño cobijo donde se supone ha nacido el hijo de Dios. Aunque debemos suponer que es equívoco ese paisaje ingenuo del belén, con su montaña de Judá nevada como una flor en medio de la aridez del panorama. Como es equívoca la leyenda de los Magos, que no se sabe a ciencia cierta si fueron reyes o pacíficos burgueses que mercadeaban por aquellas tierras o astrólogos que se pusieron en camino ante aquel fenómeno de un cometa desconocido en tan ásperos lugares. Ni si fueron dos o tres o cientos, como dicen en la antigua Bizancio. Ni siquiera hay constancia de la certeza de sus nombres, tal como hoy los conocemos. Lo único seguro es que en el paisaje del belén cristiano Melchor, Gaspar y Baltasar cabalgan como movidos por una inducción, ignorando la largura del camino y la ubicación del lugar donde el Hijo de Dios, según han oído decir, se ha hecho presente a todas las criaturas humanas, incluso a los negros de Africa, como se deduce de la iconografía de Baltasar que era el que portaba, según ciertas tradiciones, el oro que procedía de la extinta Ur de los caldeos. San Juan Damasceno propagó una historia en la que el Niño hablaba con los Magos, los cuales le enseñaron no sólo las leyes de la astrología sino que le infundieron noticias maravillosas acerca de los misteriosos países de donde provenían, aunque todas las crónicas refieren que eran de las tierras de la Mesopotamia donde los ríos manaban leche y miel y hoy sólo sangre y destrucción. O de la Arabia feliz, con sus palmeras semejantes a dioses del aire y sus desiertos donde hoy florecen metrópolis de jeques y multinacionales del petróleo. Nada semejante al misterio con el que dulcificamos nuestra niñez, soñando con países en los que los más pobres de los pastores eran ángeles y los ángeles como una sinfonía de nubes desplegadas sobre el portal de Belén para celebrar que se habían cumplido las profecías del viejo Abraham y allí estaba la prueba: un niño desnudo oliendo a rosas y dialogando con aquellos Magos que en los iconos bizantinos de Rusia aparecen descalzos y no revestidos de lujosos zapatos y pontificales mantos, como nos han hecho creer. Misterio sobre misterio, aún hoy los cristianos coptos de Abisinia siguen creyendo que también ellos, los Magos, tenían alas y habían volado desde sus lejanos reinos para rendir pleitesía al neonato divino. "El sol entró como un ancho río en la cabaña precediendo a los Magos", escribió Charles Peguy. Así es como veíamos algunos niños de mi época el gran misterio del belén: como un soleado oasis en el que los estrelleros de la ciencia de Babilonia habían establecido su campamento desde el que repartir parabienes no sólo a Jesús sino a todas las aladas criaturas (los niños) que en pleno frío de diciembre se calentaban el alma contemplando el belén con su maravilloso texto de nostalgias, ahora, cuando hemos envejecido olvidando los nombres mágicos de las estrellas como Aldebarán, Orión, las Pléyades o el Tahalí, que según cuentan estuvieron presentes en el nacimiento con su luz azulada y toda la maravillosa iconografía que hoy nos duele como la nostalgia del paraíso perdido. Hace unos años que en aquellas tierras tocadas otro tiempo de la mano divina se armó el belén con ese sentido de trifulca, violencia y destrucción que llevaron los hijos de Calvino en su deseo de dominar el mundo. En aquel escenario decorado por la pólvora, el primario sentido de la sangre derramada por la furia de los hombres ha establecido el oscuro reino de la confusión y las tinieblas. Todo está pervertido. Hasta la tradición cristiana se interpreta según el simulacro de la navidad que ha montado ese belén en el que el futbolista Beckham y su esposa Victoria encarnan a José y María, mientras los Magos son Bush, Tony Blair y Felipe de Edimburgo. ¿Podrá soportarlo el Niño? Feliz Navidad a todos.
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