COMO UNA EMOCION
CARLOS RIVERA
Según de que riqueza se trate, en Córdoba ocupamos un lugar muy distinto en el baremo de la riqueza nacional : la espiritual y la material. Somos una ciudad ubérrima en aromas, en efluvios que trascienden nuestras cuitas. Por estas fechas (mayo) olvidamos las lágrimas de los números rojos ; ascendemos por los peldaños de la flor y del vino ; olemos a nacencia lisonjera, como si nadie fuera pobre aquí, con tanta fecundidad como tenemos en el alma y en los sentidos cuando llega mayo y abrimos, en los angostos patios, nuestra carne irreal para enseñarla al mundo. Hay un cuerpo invisible de dicha unificada en el aire que nos envuelve como una caricia infinita. Hay un rastro de dulce irrealidad en la fiesta del almanaque. Por las noches de mayo “ex abundantia cordis”, en los íntimos vericuetos que nos dejó el legado andalusí, puede sernos revelado el verdadero ser de Córdoba. Entender aquella identidad metafísica que le adjudicara Federico García Lorca : “Córdoba para morir”, continuidad perfecta del “lejana y sola”, complemento del “Córdoba callada” de Manuel Machado. Córdoba es, para los poetas, como la amada inmóvil de Nervo. Aconsejo mirarla en sus paisajes interiores. Y en nuestros propios paisajes interiores. Este fenómeno de acomodación hace que los que vivimos en ella y respiramos sus secretas emanaciones nos sintamos distintos. Aunque, tal vez, esa sensación sólo sea percibida por los poetas y por los espíritus sensibles enamorados de esa Córdoba discreta que no es, por supuesto, y con todos mis respetos, la del pasodoble del señor Castro ni la de las copletas y “peroles” de los señores Medina (Don Ramón y Don Tico) ni la de los romances de Quintero, León y Quiroga que cantaba la señora Piquer, perennemente expuesta a las ambiguedades casticistas del tópico. Córdoba, para ser dilucidada, necesita ser vista desde dentro, entenderla como una alegoría a mitad de camino entre un “zahir” y un “aleph” en el centro mismo de su universo oculto. Son precisas muchas noches de soledad y paseo para descifrar la arquitectura interna del paisaje de Córdoba, aunque, en ocasiones, lo más evidente en ella es también lo más enigmático. Es como notar un esplendor en las ruinas. O una devastación secreta en el prodigio de una columna o de un arquitrabe. Esa Córdoba no cabe en las letras jurásicas de un pasodoble. Como no caben las teologías infinitas de las penumbras de Córdoba en las que subyace una especie de arquetipo platónico de la ciudad, ajeno a las innumerables fiestas que se encienden en patios y jardines, y, por supuesto, al ruidoso oropel del Arenal. Y es que, dentro de Córdoba hay tantas fronteras invisibles como “almas del tiempo”, según se permitió descubrir nuestro ilustre paisano Don Luís de Góngora. Ella misma está hecha de la materia de los sueños que la hacen perdurable como un reducto invulnerado. Por todo eso, Córdoba no puede ser aprehendida desde una cámara de fotos. La imagen resultará, siempre, algo dudosa. La electrónica, con todas sus magias, no podrá captar jamás el alma de su dispersa y a la vez unificada belleza. Ni el laberinto metafísico de su ser. El diafragma no puede dar testimonio de lo oculto ni de la lúcida predisposición para los goces de la vida de quienes saben “morar”, no sólo vivir en ella. Esa es la Córdoba que debería proyectarse al turismo , aunque soy consciente de lo imposible de esa pretensión. Difundir el espíritu de una ciudad como Córdoba es una aventura de poetas, filósofos y alquimistas y no una operación de mercado para agencias de viaje y turoperadores. Como Florencia y otras ciudades del patrimonio histórico de la humanidad, Córdoba debería dejar de ser una ciudad de paso en la que se enseña la Mezquita y el cuadro de la Chiquita Piconera. Porque Córdoba es una ciudad que no se conoce en un día de pernoctación, sino para ser disfrutada graduando los placeres del paseo, a ser posible en una noche serena de mayo, cuando se cierran bares, clubes, tabernas y discotecas y queda uno expuesto a la oferente ciudad abstracta para sentirla como una emoción. Sólo eso.
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