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BRUJAS CONSULTING
CARLOS RIVERA
Las brujas electrónicas, que haberlas haylas, me han borrado de golpe, al reiniciar el ordenador, todas las páginas de un libro de poemas. No sé si se me han colado vía internet o es que estaban ocultas bajo el gótico texto de unos poemas un tanto metafísicos en los que he puesto el zumo de los últimos años de mi vida. Con esto de los ordenadores, nunca se sabe. Como los fantasmas que atraviesan la materia (esas particulas minimalistas, los neutrinos), tengo indicios de que algún “quark”, un vulgar electrón, un “muon” o un “tau”, han entrado con alevosía en el cuaderno mágico que llevo componiendo con pulcritud y algo de melancolía desde el pasado verano. No es que importe gran cosa, puesto que tengo la huella del borrador caligrafiada con mucha incertidumbre en la más sensitiva de mis cavas, la bodega de una agenda amarilla, pero me da pereza recomponer lo escrito en el procesador de textos. Y eso que parece cosa de brujas, como me sugiere Ana, me ha infundido un reverente temor a la posibilidad de que existan. Aunque, tratándose de brujas, cualquier sospecha carece de interés poético. Las brujas suelen ser poco atractivas. Sólo las de Macbet pueden salvarse de la vulgaridad, puesto que las redime la palabra y la escenografía de un cerebro poderoso como el de Shakespeare. Si bien no son las únicas literariamente prestigiosas. Ni habitan siempre entre las nieblas íntimas de la Europa del Norte. Hay una obra de D´Anunzio, "La figglia de lorio”, que es una bruja que se calienta al sol, como una turista sueca, y se alimenta de la cruda luz mediterránea. Como mediterráneo es “El amor brujo” de nuestro Falla, pieza maestra en la que el desembrujo se produce a la luz de la aurora y no en la exigencia tenebrosa de la noche. Las brujas de ahora, que haberlas haylas, viven en las grandes ciudades, aprovechando las aglomeraciones de almas muertas, de solitarias criaturas inadaptadas a ese cirio que es vivir todos los días en el infierno del ritmo urbano. Un amigo mío, que estuvo hace poco en Nueva York, confiesa haberlas visto desde su apartamento en la calle Cuarenta y Dos, reunidas en asamblea nocturna de su sindicato. Eran muchachas jóvenes y sumamamente atractivas, no como las de Goya, que tenían el hedor de la muerte bajo las cuencas de los ojos. Esas brujas de Nueva York, según mi amigo, se anuncian en la prensa y ofrecen toda clase de atractivos sensuales y hasta algún consuelo espiritual que viene siempre bien en estos tiempos en los que es tan difícil localizar a un cura en una ciudad vertiginosa. También suelen morar en ciudades de tipo medio como la nuestra. Las vemos aparecer en los canales locales de la televisión e incluso en los videos comunitarios de los pueblos en calidad de profetisas, sanadoras o echadoras de cartas al servicio de las almas cándidas que quieren deshojar el siempre incierto futuro o remediar algún mal físico contra el que nada puede la medicina moderna. A tantas pesetas el minuto de consulta telefónica, más de una se está forrando, créanme. Sé de políticos de esta ciudad que han acudido a una de ellas en vísperas de un pleno municipal en el que iba a decidirse la ocupación del bulevar del Gran Capitán por la carpa de los vendedores ambulantes. Y así les ha salido la decisión. Contra pronóstico y a cuenta de la rebelión de los honrados tenderos del centro. Más les valiera haber consultado a San Pancracio, cuyo sentido común los hubiera orientado en otra solución más conveniente. Porque en esto de las brujas hay que andarse con sumo cuidado, no vayan a estar vendidas al gran capital del comercio que quiere ocupar no sólo los locales céntricos de la ciudad sino arrebatar la misma calle a los pequeños competidores. No me extrañaría que las grandes multinacionales tuvieran brujas de asesoras. En ocasión de sonadas fusiones capitalistas las han visto sentadas, con todo su “glamour”, en las mesas de los consejos de administración. El dinero recurre a todo, incluso a los consejos nigrománticos, con tal de seguir multiplicando sus incalculables beneficios.
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Carlos Rivera
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