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AMOR UDRÍ, PLATÓNICO ADN
CARLOS RIVERA
Una de las más hermosas leyendas de amor que conozco sucede en nuestra ciudad durante la época del Califato. Dos caballeros cordobeses se enamoraron de dos veladas hermanas de las que las separaban los muros del harén, los muros más sólidos de la religión y los suaves muros de la tela que cubre el rostro de los sueños. Aquel amor perteneció a la especie platónica que no tiene su origen en la leyenda de los Montescos y los Capuletos sino que arranca de la filosofía udrí, muy de esta tierra nuestra, tan olvidada de sus esplendores. Cuenta la leyenda que los dos caballeros mencionados se encontraron en unos jardines de la ciudad a las dos hermanas y que gastaron más de dos mil palabras en convencer a las mujeres para que no les mostraran el rostro, única condición para jurarles un amor eterno y que, por ese amor, fueran capaces, incluso, de entregar sus vidas. Las dos damas se retiraron en silencio y no dice la historia que fué de ellas ni como se llamaban ni que veneno de amor les infundieron con los ojos a los dos caballeros cordobeses. Lo que sí cuenta es que ambos volvieron a encontrarse un día, al cabo de los años, en las afueras de la ciudad. Eran ya notablemente viejos y cada uno de ellos había cumplido su destino en tierras extrañas. En la discordancia de sus vidas, sin embargo, habían estado unidos por el cordón umbilical del amor hacia aquellas dos damas desconocidas. El aroma de la flor de sus sueños permanecía intacto en sus memorias, aunque los dos estaban de acuerdo en lo mucho que les había costado sujetar los deseos carnales cuando pensaban en ellas. No hay huída posible cuando los sueños se desbocan y el platonismo del amor se convierte en la llama arrebatadora de los instintos naturales. Parecida leyenda a la de los dos caballeros cordobeses tuvo que inspirar a Shakespeare su Romeo y Julieta y a Alvaro Cunqueiro los amores de Saladino con una dama de Francia. Contar, hoy, estas historias de amor udrí , resulta un extravío que sólo interesa a los espíritus bañados en las lecturas de las mitologías amorosas, pero que sirve de ejemplo para ilustrar las diferencias conceptuales y de permanencia en el tiempo entre el amor de los cuerpos y el amor de las almas, cuestión de poetas y de estudiosos de la fascinante psicología amatoria de todos los tiempos. Desde el reciente firmado manifiesto acerca del genoma humano, la irresponsabilidad de las hélices hace que todo sea explicable, pues todo responde a una necesidad genética y a un comportamiento previsible que convierte, por ejemplo, al amor, en una tormenta bioquímica que se desarrolla sin misticismos en una cadena de aminoácidos. Es el último informe de laboratorio en el que se hace constar que la realidad no existe y que lo que nos hace funcionar, para bien o para mal, en el amor como en el odio, es ese código genético que programa, desde el nacimiento, nuestros actos. De manera que cualquier secuencia o consecuencia de nuestras insignificantes vidas no es sino el simple resultado de una lotería genética. Malas noticias para los poetas y para los místicos. La recombinación del ADN nos ha dejado fuera del viejo paraíso de la naturaleza inconsciente. El amor udrí como el amor salvajemente animal sólo son efectos secundarios del programa de mano del ADN . Somos, con toda frialdad, repúblicas de células cuyo presidente vitalicio, el genoma, programó el destino de Romeo y Julieta, el de Otelo y Desdémona y el destino particular de cada uno de nosotros. La bioquímica será, desde ahora, una fuente inagotable para el desarrollo de la literatura fantástica . Ni la poesía más empírica podrá explicar por qué en los viejas historias de los amores románticos y caballerescos nunca se firman las cartas dirigidas a la amada. Nunca firmó sus cartas Amadís de Gaula. Ni Don Quijote . Y el amor udrí de los dos caballeros cordobeses llegó a la senectud con el perfume intacto de un sueño, como una carta disecada y anónima de amor, sin haber logrado jamás conocer la partitura y la música de los rostros invulnerados de sus damas.
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Carlos Rivera
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