A VUELTAS CON LOS SIMBOLOS
CARLOS RIVERA
No hace mucho leí en las páginas de este periódico que alguien, no recuerdo quien, si asociación, peña o indivíduo, quería erigir en esta ciudad un monumento al “piconero”, sujeto prehistórico y ahistórico a la mirada de nuestros días, aunque enraizado en la mitología popular de la Córdoba miserable y casi feudal de otros tiempos. No conocí a ninguno de aquellos hombres que hicieron de su extrema necesidad virtud de cisco y picón de encina para los braseros de la nostalgia. La memoria del pueblo los ha situado en la circunstancia folclorista y castiza de los falsos arquetipos. Ese es su verdadero monumento. Convertirlos en estatuas, sería grave. Sería como erigir un monumento a la miseria, al analfabetismo, a la Córdoba hermética y dura de aquellos años que ya nadie quisiera recordar ni creo conveniente que se recuerden. Dejemos, pues, a la figura del piconero, símbolo de la miseria, en el lugar de su leyenda ahistórica, anecdotaria y simple. De aquellos años, como digo, mejor no recordar nada, ni siquiera los símbolos, que no dejan de ser, a mi entender, meras apariencias del significado, alehgorías indefinibles, aunque algunas personas de natural proclive a la emoción suelen tomarse los símbolos muy a pecho y son capaces de llorar ante un himno, una bandera o la victoria de su equipo favorito en una competición. Yo, en esto de los símbolos, como en otras cuestiones, soy atípico. No me mueven a fé en ninguna causa y los contemplo como lo que son, meros estereotipos que no me dicen nada. El símbolo de la justicia, por ejemplo, es salomónico y de la academia de pesas y medidas, cuando debería ser, en mi opinión, en vez de esa balanza equilibrada, el de la vara que el vulgo nombra (vara de la justicia) por su castigar inexorable, especialmente sobre las espaldas del pobre. Recordemos, al respecto, la timorata y blanda vara de algunos casos sobradamente populares de ricos y famosos y la vara que muele a palos el pequeño delito. Contradicciones de sus magistradas señorías. Nunca he sabido, ya que hablamos de símbolos, cual es el representativo de los funcionarios. Podría ser el complicado caracol, con la morosidad precisa para no llegar nunca o llegar tarde a la resolución del expediente. Y es que cuando oimos la palabra “funcionario”, de tanta pluralidad significativa, inmediatamente la asociamos al concepto de “burócrata”, calamidad necesaria en todos los Estados de derecho. Con razón o sin ella siempre se les ha criticado por la canonjía de su seguridad laboral. Desde el punto de vista del currante privado tal situación de estabilidad en el empleo ha sido asociada al encasillamiento ideológico del funcionario en la posición conservadora. En contrapartida, también han sido los funcionarios de a pie los mal pagados del sistema, que, la verdad sea dicha, no suele pagar bien a nadie, como no sea a los funcionarios de alta definición, llamense ministros, subsecretarios o directores generales, por no nombrar a los casos especiales de nuestros representantes en los municipios. Estos no necesitan que les suban el sueldo. Suelen subírselo ellos mismos en complicidad colectiva. Por eso de los símbolos no hay que fiarse mucho. Incluso el benigno y salvador de la cruz fue innumerables veces desmentido por ciertos seguidores del buen Cristo, capaces de inquisiciones exclusivistas y desmanes sin cuento en el nombre de una fé tan cerril como sus analfabetos defensores que, en ciertas épocas de la Historia, entraron a saco contra la razón, el progreso y la expresión de las ideas humanas. Motivo por el cual, y al cabo de los siglos, la Iglesia por antonomasia se ha visto obligada a pedir perdón, aunque aún le falte un acto de contricción verdadero por su actitud partidista en ciertos periodos de la historia de España. Motivo por el cual, y dado que no creo en eso de los símbolos, uno adoptó, hace bastantes años, la saludable actitud de Nicanor Parra, el poeta chileno : “Independientemente/ de los designios de la Iglesia Católica/ me declaro país independiente”. Sin himno. Ni bandera.
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