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BITÁCORA
Escapadas
Carlos Rivera
20/10/2004
En un curioso libro de Antonio de Guevara titulado "Menosprecio de corte y alabanza de aldea" , que acabo de releer, se planteaba el autor un tema muy en boga en estos tiempos de huidas urbanitas a la menor ocasión. En el pasado puente, por ejemplo, las ciudades han vuelto a disolverse por carreteras y caminos, por parcelas y playas, y, como si estuviéramos en el mismísimo mes de agosto en el otoño incierto, los paneles de las autovías avisaban del número de los que acá y allá sucumbieron a las prisas y a las contingencias del tráfico. La gente huye. Quien más, quien menos, y a medida de sus posibilidades, toma las de Villadiego al pequeño fundo de la parcela, del apartamento playero, del pueblo o de la aldea familiar. Los atascos internos de las ciudades dan lugar a los atascos externos en las vías de circulación. Es el signo de los tiempos. Suerte tenemos con haber visto nuestra Judería rebosante de turistas accidentales en el "puente del Pilar", que parecía mayo por nuestras calles del casco histórico. La gente huye. A solazarse o a instruirse de patrimonio monumental o, simplemente, a realizar esa escapada del entorno estresante en el que convivimos la mayor parte del año. No es nuevo. Ya sucedía en la época de Antonio de Guevara, viajero cosmopolita por las cortes del emperador Maximiliano, del Papa, del rey de Inglaterra, de los señoríos de Génova, Venecia y Florencia. Tanto trajín viajero le hizo escribir el libro añorante de la paz aldeana a un personaje tan correcaminos como fuera el tal Antonio de Guevara. Otro tanto le sucediera al señor Maquiavelo, aunque en su caso la paz de aldea acabara pareciéndole la del cementerio y siempre sintió nostalgia de la ciudad donde, sirviendo a los Médici, transcurrió buena parte de su destino. Lo mismo que nuestro ilustre paisano don Juan Valera, que solía pasar alguna semana, sólo alguna semana del año, en su casa del pueblo, hasta que sentía el gusanillo de la añoranza de Madrid. Tales ilustres personajes no dejaron de ser horacianos descolocados. Ni más ni menos que como cualquiera de nosotros, siempre dispuestos a la escapada, a la huida de la apretada convivencia urbana, y que, cuando pasa algún tiempo, sentimos de nuevo la llamada de la multitud, de la ciudad que es como un amor y como un desamor deseante y deseado, mientras la escapada al descansadero del fin de semana es como un deseo insatisfecho. Quizás todo se reduce a los límites temporales de la estancia, así que no hay tal menosprecio de corte ni alabanza de aldea en nuestros comportamientos habituales sino esa dualidad que nos invita a sentirnos urbanos o aldeanos, sumidos en el tumulto o en la relajación, pues no dejamos de ser orteguianos personajes cismáticos del yo y su circunstancia según nuestro patrón civilizado. Ortega y Gasset, por cierto, siempre fue un escritor completamente urbano, aunque en sus limpias y reflexivas prosas haga alusión, esporádicamente, a un idílico paisaje en el que pacen las ovejas o nos retrate como en un paréntesis bucólico a una muchacha aldeana con los trazos de una virgen de Mantegna. En no recuerdo qué libro del filósofo me parece haber leído una alusión a las eras del verano que, en lo que me concierne, siempre consideré como un icono de la dicha de las vacaciones en mi pueblo, cuando mi abuelo materno me subía al trillo y me dejaba conducirlo dando vueltas por las "parvas". Desde aquel trillo podía sentirme como frente a un mascarón de proa, navegando por el rubio mar del trigo extendido. O, si habías leído a tan temprana edad a Tolstoi, podías imaginar que conducías un trineo por las nevadas y extensas estepas siberianas. Todo es cuestión del imaginario de cada quisque. Desde la atalaya de mi pequeño apartamento de Mainake veo el Mediterráneo con el mismo resplandor con el que veía a las eras de mi niñez. El espléndido olor de la paja húmeda por el relente de la noche me lo recuerda el salobre olor del mar, aunque no se parezcan en el efluvio sino en la nostalgia de lo vivido. Nada extraño. San Juan de la Cruz se fiaba mucho de la pituitaria y decía que por el olor se conoce a un hombre. El olor de donde viene. El olor de adonde va. Cada escapada es como un regreso a ese olor de la infancia que aun permanece vivo y fragante en cada uno de nosotros.
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Carlos Rivera
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