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BITÁCORA

Entre visillos

Carlos Rivera

13/10/2004

A María Rosa Fernández



Mi amiga Rosa no es que sea propicia a las depresiones ni tan sensible como que la afecte la primera sombra de cambio estacional ni tan ingenua como que crea a pies juntillas en la bondad natural del ser humano. Rosa es escritora. Tiene alguna novela publicada en la que trata del entorno gris del devenir de un pueblo, esa pequeña sociedad cerrada en la que cualquier mutación tiene un alcance mágico, trágico, cómico, lírico, con visos sobrenaturales si se trata de que una vieja beata ha visto a la Virgen y hablado con ella y se lo cuenta al buen cura pasado de años que tanto se parece, en cierto sentido, al cura de Belle epoque que habiendo leído a Unamuno no supo resistir al sentimiento trágico de la vida. No es el caso. El cura de ese pueblo de mi amiga no llegaría a tan desmesurado fin como el cura de la película de marras. No es persona enredada en laberintos existenciales, tal si fuera un personaje de Paul Auster, sólo que hay días que amanece desasosegado y escéptico, como le ocurre a mi amiga, aunque el paisaje cotidiano en el que transcurren sus vidas no sea tan magmático como el de Nueva York donde tienen lugar las historias de Auster encadenadas en el laberinto esencial de las ficciones ensimismadas.
Rosa me escribe casi al borde de un ataque de nervios, como una mujer de Almodóvar. Lo suyo no deja de ser un imaginario, una historia de multiples vibraciones sobre la que se cierne el peligro de la vulnerabilidad por vivir donde vive y por ser ella quien es: una mujer moderna entramada en el devenir de un hastío en el que cualquier palabra mal dicha o mal interpretada se convierte en espoleta de envenenado chismorreo. He visto yo tragedias silenciosas y soportadas de por vida por culpa de una interpretación inadecuada de palabras, de actos o simplemente de sospechas, por parte de personas de rígida moral, de códigos anticuados, ante cualquier indicio de transgresión de la norma. Transgresión que no tiene por qué ser nada especial sino cualquier manifestación de libertad personal no siempre bien entendida por los habitantes crepusculares del entorno, que se vuelve hostil a las primeras de cambio y amenaza tormentas con granizos como huevos de palabras, sigilos, vigilancia entre visillos y cuchicheos en voz baja. Tras de cualquier ventana hay un halcón maltés. Cada velo contiene su laberinto y va de casa en casa, cocinando para la vecindad un reproche en su salsa de oráculo maldito. ¡Ay, los pueblos! Nada ha cambiado en lo esencial y cotidiano en cuanto a los códigos sospechosos. Ocurre como en una novela de Auster: la persona no es libre de encauzar su destino.
La realidad profunda, multitentacular de una pequeña sociedad encerrada en sí misma se erige en juez implacable en su condena y surge como una nube oscura sobre el cielo de la convivencia. Me viene a la memoria un episodio que ocurrió hace años en la localidad jiennense de Torreblascopedro. Un muchacho del pueblo con aficciones literarias escribió una novela. Intentaba dilucidar la vida cotidiana de una pequeña población, con pelos y señales sobre ese laberinto convivencial de egoísmos, cerrazones, certidumbres e incertidumbres éticas que acontecen como una visión coral, con sus luces y sombras, como en cualquier lugar habitado. Cada pueblo es como un mapamundi, un torreblascopedro en cada mirada y el riesgo de que un osado miravidas se atreva a contar la tragicomedia cotidiana de una manera tan extraordinariamente ficticia que parezca cierta.
El muchacho de Torreblascopedro se pasó en la milimétrica precisión del retrato. Por mucho que intentara ocultar bajo supuestos nombres a los personajes del álbum familiar, todos y cada uno se reconocieron en el trazo. Y aunque la novela se publicó en Barcelona el autor no pudo sustraerse al escándalo de la vecindad, y fue denunciado, amenazado e instigado a no regresar a su pueblo.
Por supuesto, no es el caso de mi amiga Rosa. Ella ama a su pueblo. Y si está al borde de un ataque de nervios es porque a veces cuesta resistir la presión de la deprimente atmósfera cerrada de los que se ocultan tras los visillos. Como Auster, en su soledad de Nueva York, Rosa ve transcurrir su existencia como un conflicto de perplejidades. De eso puede salir, si se lo propone, la gran novela de su vida.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Bitácora (2004) » Respuesta

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