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Troya

Carlos Rivera


¿De un poema se puede hacer una película?. Desde luego, no al uso, a no ser que se trate de un poema épico, como el “Mío Cid” o, como en el caso al que voy a referirme, la “Iliada”. En ambos poemas concurren estructuras narrativas, aunque para nosotros, los poetas, sea cuestión de estilo celebrarlos como el periplo de unos héroes que buscan un destino. Mar azul de los héroes de la epopeya griega, “polvo, sudor y hierro” de la meseta castellana. Vino Homero a cantar, ciego de nacimiento y cegado por la luz mediterránea, aquel asunto de la guerra de Troya que aconteció por amor. O como yo lo veo en uno de mis poemas : “el beso de París / inaugurando el acto de la vida / en el helado corazón de Helena” desató la cólera de los hombres, como la nobleza de corazón de nuestro Cid ante la felonía de su rey desató las tormentas de su destierro y el mítico “facer” de sus hazañas.
Nunca cambiaremos los hombres, buscando broncas y aromas de leyenda por los caminos de la vieja Historia. Ahí ardió Troya cuando Menelao, con sus recién estrenados cuernos conyugales, embistió contra Troya y los hijos de Priamo como un burel contra la sombra del torero. Y en esto que los americanos, que apenas tienen historia antecesora, se encuentran con que la madre de todas las epopeyas apenas si tenía historia fílmica. Y se ponen a contar, a su manera, la belicosa furia de los héroes por un asunto particular de faldas.
Bien está que se lo hayan tomado por lo romántico, incidiendo en la historia de amor de Paris y de Helena, que debió ser, por lo que se cuenta, un portento de mujer. Aunque, bien mirada la cuestión del argumento, la película no nos cuente ni por aproximación lo que refiere la “Iliada” sino que es un combinado de varios poemas épicos griegos y de la “Eneida” de Virgilio. La historia crítica dudó siempre de la autoría de Homero referida a la “Iliada”, pues es contradictorio que el poeta que se recrea tan descarnadamente en las escenas violentas sea el mismo que analiza y transcribe, tan delicadamente, los sentimientos de Penélope, la dulce tejedora. Y aún se duda de que la guerra de Troya tenga fundamentos históricos. Entre mito, leyenda y realidad hay fronteras que no pueden ser dilucidadas con la claridad que exige el rigor histórico.
Aún asi, si la historia no es cierta, está “ben trovada” y ha servido de nutriente esencial de las conciencias poéticas de todos los tiempos el hilo argumental del rapto por parte del arrojado Paris de la bella esposa del Menelao enfurecido, como cualquier humano a quien le birlan la prójima con el descaro con que lo hizo el príncipe troyano. Y es así como la imaginación, que nunca tuvo frenos, excitó durante más de 3.000 años la fantasía de muchos niños europeos. Uno de ellos, alemán, de nombre Heinrich Schielemann, soñó con encontrar la irreal ciudad en la que una historia de amor se convirtió en desenfreno bélico. Y no paró hasta encontrar lo que parecían sus restos en la colina de Hissarlik, en tierras de Anatolia. Troya, pues, existió, digan lo que digan los historiadores escépticos. Y si no existió, para eso se ha rodado esta película, con sus anacronismos e incoherencias históricas, faltaría más. (Acordémonos del axioma de estos tiempos nuestros : lo que no se ha visto en la televisión o en el cine no tiene apariencia de existencia real).
La película, como tal, no es que tenga un gran mérito, a no ser el de los consabidos efectos especiales. Y es que la ocasión la pintaban calva. En eso de contar historias de acción, con batallas sinfín y mucho zumo de tomate manando de los cuerpos heridos de griegos y troyanos, son los americanos un primor. Eso queda bien para los “oscar” y para el consumo económico de la taquilla. Justificado, porque cuestan un huevo y una parte del otro esas magníficas superproducciones de Hollywood.
Por no faltar, no falta ni el episodio del caballo de madera, no mencionado en la “Iliada” aunque sí en el libro VIII de la “Odisea”, cuando Ulises arriba a la corte de los serafios y rememora la caída de Troya. Y he aquí como un producto de la tradición oral de los pueblos mediterráneos, convertido en poética historia de ficción, nos retorna a los años de aquellas producciones de Cecil B. De Mille y a los cines de barrio de los sueños limpios de nuestra adolescencia.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Bitácora (2004) » Respuesta

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