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EL GEN EGOISTA

CARLOS RIVERA

La imagen de Antonio Banderas presidiendo, junto a su mujer americana, el Día de la Hispanidad en la Quinta Avenida de Nueva York, me pareció tan anacrónica como cualquier declaración políticamente excluyente de los bocazas que defienden los llamados “nacionalismos históricos”. Y es que a mí esto de las diferencias y las identidades de las etnias siempre me ha parecido un cuento chino. El mismo respeto me merece un zulú que un “yuppi” de Wall Street, un argelino que un sueco. No hay más forma superior de parentesco que el de la única raza humana a la que pertenecemos todos los bípedos racionales descendientes del “homo” ancestral, piteco de allí o piteco de allá. Todos los de esta especie estamos constituídos por células que se renuevan con periodicidad y en cuyos núcleos son perfectamente distinguibles los cromosomas, el código común de los zulúes, los vascos, los andaluces, los chinos o los manchegos. Todos somos el mismo producto de una fábrica celular de proteínas que ha sobrevivido, a lo largo de millones de años, a los cataclismos y a los placeres, a las guerras y a las crisis de identidad. Lo maravilloso y desconcertante es que de esta biblioteca biológica procedan versiones tan dispares como Hitler y Francisco de Asís, como Arzallus y Pepe-Hillo, como Martín de Porres y Pinochet, como Sadam Hussein y Teresa de Calcuta.
El problema de Milosevic, de Pujol, de Arzallus o de Gerry Adams es tan sólo un problema de paisaje, de relativizar en una lengua, en una forma craneal o en una religión lo que el biólogo inglés Richard Dawkins llamó el “gen egoista”. Todo lo demás son cuestiones políticas. Y ya sabemos que la política y sus cuestiones producen efectos que deterioran el paisaje de la convivencia y lo convierten en malentendidos. De estos malentendidos no puede surgir, si analizamos racionalmente la cuestión, un programa político sino discursos más propios de un museo para celecantos que de una democracia plural cuya única meta superior debe ser la concordia civil. Esta es la cuestión. Una comunidad heterogénea y moderna, como lo son la vasca o la catalana, no puede convertirse en una reserva de pieles rojas que lleva años diciéndose atacada por el Séptimo de Caballería con la misma enrevesada imaginación con la que Pedro subvertía a sus vecinos diciendo que venía el lobo del cuento que nunca vino. Lo de los vascos, yo lo tengo claro : desde la canonización del santo patrono Sabino Arana es un asunto publicitario de divulgación antropológica con intereses políticos. Lo de los catalanes es un asunto político con intereses económicos disfrazado de confesionalidad linguística.
En cuanto a los que ellos llaman el “contencioso histórico”, no resiste al mínimo análisis. Porque, por las mismas o parecidas razones, Castilla, Navarra y Aragón, por ejemplo, podrían hacer valer sus derechos de territorios independientes. Ni me valen las palabras que intentan sostener como principio superior el determinismo biológico o linguístico. Ninguna de esas cuestiones condicionan una forma de ser ni una concepción del mundo. Somos, como país, heterogéneos por el contagio de tantas civilizaciones viajeras, que esos particularismos de los que presumen Arzallus y Pujol son tan risibles como aquella frase del doctrinarismo falangista que, con la lengua del Imperio, proclamaba que España era una “unidad de destino en lo universal”. Los Sánchez, los Ruiz, los López y los Pérez llevan siglos de convivencia con los Arrieta, los Zumalacárregui, los Pujol y los Llorens, lo que demuestra que no hay entidades naturales diferenciadas, ni pueblos impermeables a otras culturas.
Cada cual está en su derecho de inventarse identidades excluyentes y pedir autodeterminaciones políticas, pero que no nos vengan con monsergas. Las reservas de pieles rojas, el Séptimo de Caballería, el Día de la Hispanidad y la Gran Serbia me suenan, hoy, como la tragedia de Antígona : no más que como figuras literarias, elementos de folclore y dislates políticos. Y ni Antonio Banderas desfilando por la Quinta Avenida de Nueva York enarbolando la bandera de España me va a convencer de que ser español es un particularismo tan emocionante como ser andaluz, somalí o indio de la Tierra de Fuego. Así lo entendieron en el siglo XVIII aquellos ilustrados llamados “Los Caballeritos de Azcoitia” que, como su nombre indica, eran, al menos, tan vascos como el señor Arzallus o el señor Idígoras. Sólo que en ellos la cultura, como forma de ser, logró imponerse al ridículo discurso del “gen egoista”.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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