EL CIELO PROTECTOR
CARLOS RIVERA
Cuando me desperté esta mañana primera de sábado de abril, el espíritu de la paz estaba cantando como un pájaro en el mismo alfeizar de la ventana de mi dormitorio. Tuve la sensación de que el canto era triste como el trino de un ave prisionera, porque el espíritu de la paz debe tener forma de ave encarcelada y no precísamente de ave del paraíso ni de paloma de Salvador Morera, de Mariscal o de Picasso. El caso es que el espíritu de la paz estaba en mi ventana y se espantó al imposible contacto de mi mano, volando, quizás, hacia una latitud más propicia que la de mis ojos recién avenados de sueños, que esta noche pasada han sido desastrosos. Uno vive, bajo la almohada, otra vida que es tiniebla de la vida real, bajo cuya máscara se ocultan el amor no vivido, el viaje irrealizable, el cumplimiento de todos los deseos, el miedo a los pronósticos de tempestades de cada fragilidad humana. En realidad, los sueños, todos los sueños, los placenteros y los sufrientes, son como una babel en la que vuelve a desatarse cada noche la confusión de lenguas. Esto es lo que ha debido ocurrir entre los hombres, desde el principio de los tiempos. Y así no hay forma de entender lo complejo del asunto. Estudiado y leído por mí, hace bastantes años, en un libro que me fascinó : “Ciencia y salud”. En el se mantiene que si se lograsen identificaciones verdaderas, utilizando una semántica científica, se establecerían relaciones sociales justas y reinaría la tolerancia absoluta en todo el reino animal. Puestos a pensar así, imaginemos a Milosevic y a Clinton y al expacifista de Solana utilizando las mismas realidades verbales. Aun hablando en inglés, que es tan contradictorio, la lógica del sujeto y el predicado los hubieran llevado a confluir en un tratado de paz con sólo mirarse profúndamente a los ojos sin cambiar el significado de las palabras, que es lo que ocurrió en Babel, donde cada palabra hablada en el mismo idioma, el hebreo, significaba una cosa distinta. Tal confusión produjo locura entre los constructores de la famosa torre. Gran ejemplo político. Como el ejemplo que nos ofrece la platónica pero también daltónica Europa y su servidumbre a una organización, la OTAN, creada a mayor gloria de los Estados Unidos de América para el desempeño de su papel de cielo protector (¡ qué el cielo nos protega de ellos!) y ante la cual el espíritu de la paz sólo podría cantar las alabanzas al vampirismo de sus burócratas. Los hombres poderosos, y aún más los políticos, tienen los oídos corrompidos por el lenguaje único del poder, que consiste en crear y destruir los mundos con sólo una llamada de teléfono. Un juego sucio de paisajes vertiginosos colgados del abismo es este juego de los grandes hombres de Occidente y Milosevic ante sus propios espejos. Un juego de redentores que coinciden en el mismo paisaje de sangre derramada. Ahora sabemos, más que nunca, por qué votamos NO a la OTAN (aliada de Israel, consentidora de Turquía), turbio ejemplo de las paradojas del poder, que es capaz de manipular a favor o en contra cualquier situación de agravio y convertirla en excusa de maldad. E incluso en un camino filosófico, tal el de la creación de la bomba atómica, que, en principio, como sabemos, fue positivo y benéfico. Lo de más se da por añadidura : los beneficios de la industria de armamento, la distracción y desinformación del pueblo, la desverguenza de decir que se lucha por la paz haciendo la guerra en el nombre de una hermosa palabra : solidaridad. Por ayudar a Kosovo asesinamos, sin ningún pudor, a soldaditos de Belgrado que están allí como civiles uniformados a la fuerza. Ellos son tan objetivos militares como los puentes estratégicos o los tanques de una división acorazada. Ningún Milosevic, nuevo nazi comunista, está moralmente autorizado al entendimiento de la Historia como un acto de venganza. Ni la OTAN a convertirse en “terminator” o en cielo protector de los derechos humanos a costa de infringir esos mismos derechos que dice defender. Aunque estamos convencidos de que la paz siempre comienza nunca en este mundo, echa uno de menos, en estos tiempos y en esta Europa civilizada, a políticos como Tayllerand y Metternich y el cinismo dorado de aquel Congreso de Viena en el que ambos fueron conscientes de su papel de mediadores esclarecidos en busca del “ecúmeno”, ese arcádico lugar de nuestro planeta donde los griegos ubicaron la eterna paz humana, otro sueño helenístico incorporado a la mitología de lo utópico. La paz en este mundo, para ser llevada a la práctica, deberá desembarazarse de sus argumentos fundamentales : el espíritu redentor de su buena conciencia obligatoria, el militarismo patriotero y la hipócrita complicidad de los poderes económicos que saben muy bien que la paz, como tal, no sólo no reporta beneficios sino que impide el desarrollo de una industria como la industria bélica de la que tan sustanciosos dividendos han extraído siempre tanto Europa como los Estados Unidos de América. Y es así como el cielo protector acaba por convertirse en un infierno.
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