EL ATASCO
CARLOS RIVERA
Debo confesar que agosto, al que he logrado sobrevivir, me ha dejado, a pesar de todo, el gran placer de su añoranza. Agosto debe llamarse así no sólo por el patronímico de César Augusto sino porque agosta con su fiebre innumerable cualquier brote de vida, sea de planta, de animal o de persona que se atreva a desafiar sus latigazos gradientes a plena calle. En el mes que ha pasado, y en esta ciudad, he visto a menopaúsicas casi morir de sol, esperando al autobús que nunca llega, en la Avenida de las Ollerías. Abanicándose desesperadamente, pobres mujeres, porque la línea 2 del Reina Sofía fue desfrecuenciada en agosto, como todas las líneas de Aucorsa, y donde en el resto del año hay una espera lógica de diez minutos, en agosto se llega a los cuarenta para hacer juego con los grados termológicos de las cuatro y media de la tarde. He visto ancianos casi entregando el alma, bajo una viserilla de tela insuficiente, al salir del ambulatorio del Seguro en el que, casualmente, ese día se encontraba de guardia un doctor cabreado no sólo por no estar de vacaciones, como la mayoría de sus colegas, sino por la contumancia de acudir al médico de esa gente de los barrios, en lugar de encontrarse en la Carihuela o en Fuengirola, como cualquier persona decente. He sufrido yo mismo la insuficiencia cardiaca de atravesar candentes descampados por esa manía ilógica que tiene uno de acudir cada tarde a la oficina. Y he tenido el sarcástico consuelo de ver, a tales horas inhóspitas, a individuos insolentes en taparrabos, a pleno sol, con las epidermis burbujeantes de quemaduras, cabalgando sobre excavadoras, máquinas del infierno, empeñadas en pertubar la siesta de los escasos moradores de las Tendillas o la Avenida del Aeropuerto. Y es que, aunque ustedes no lo crean, no todos los habitantes de esta ciudad han gozado de las delicias húmedas, la brisa refrescante y el consabido “pescaito frito” de los atiborrados litorales. La mayoría hemos estado aquí, resistiendo como gatos escaldados ; soportando, con paciencia jobita, los desmanes de las temperaturas, las infinitas obras, el martirio de las perforadoras, la armonía de los tubos de escape, la ansiedad de los insomnios, el regodeo para el consumo de aspirinas de las motos de los adolescentes, sin más consuelo que el del ventilador, el aire acondicionado y la cerveza a punto de sed. Aunque también es cierto que, entre los muchos y sutiles modos de gozar del tedioso “ferragosto”, que dicen los italianos, ninguno comparable al de las vacaciones de los otros. Placeres como el de comprobar que, durante algún tiempo, no te va a fastidiar el anhelado sueño la radio del vecino. Que el tendedero de la señora de enfrente descansará plácidamente sin que sus monocordes chirridos te pongan de los nervios a las dos de la madrugada. Que los niños de arriban no te pateen las relajadas neuronas sumidas en la lectura de un libro. Que, en plena siesta, no te entren deseos de acudir al psiquiatra porque el enfurecido can de la vecina del segundo ladre como un poseso. Que, aunque los autobuses no lleguen a su hora, encuentres un asiento sin que te lo arrebate en la última décima de segundo el colegial maleducado que va pegando mochilazos a diestro y siniestro para abrirse camino. Que puedas pasear por las aceras de la ciudad sin que encuentres demasiados excrementos caninos. Que vuelvas a descubrir la belleza de Córdoba sin que corras el riesgo de que te atropelle un automóvil a la vuelta de esa callejuela incomparablemente hermosa. Aunque todo es efímero : los pequeños placeres ya se te han acabado. Ya han vuelto todos al atasco, morenos y satisfechos, a romper el paréntesis vagamente feliz en el que hemos viajado los estoicos de agosto. La radio del vecino acaba de conectar de nuevo con ese indeseable locutor deportivo que te obliga a cerrar involutariamente la ventana. El tendedero ha iniciado otra vez su concierto glorioso, realizando horas extras de muchas lavadoras. El perro del segundo te pone de los nervios ladrándole a la luna. Eso se llama volver a la civilización. La operación retorno ha concluído a la consigna de ¡ todos al atasco !. Hasta el próximo agosto nos queda todo un año para añorar las vacaciones de los otros.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|