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BITÁCORA
Cenizas y diamantes
Carlos Rivera
08/09/2004
Un poeta romántico polaco, Cyprian Norwid, dejó escritos estos proféticos versos: "Al arder no sabes si serás libre. / ¿Sólo quedarán cenizas y confusión / o se encontrará en las profundidades de las cenizas / un diamante estrellado?". Como si hubieran encontrado la respuesta, una empresa norteamericana y otra suiza, del cantón de los Grisones, han tenido la peregrina idea de convertir las cenizas de los seres queridos en diamantes para la eternidad. De película. Como aquella que protagonizara Sean Connery en el papel de James Bond (Diamonds are forever ). O aquella otra que se titulara Cenizas y diamantes , de otro polaco, el director de cine Andrzej Wajda. La noticia, que no deja de ser curiosa, sólo ha ocupado una insignificante esquela de los diarios importantes. Desde luego es una de esas noticias barrocas de las que dan para escribir un poema, un artículo de opinión o la reflexión prosaica de la supuesta utilidad de los muertos cuyas cenizas, hasta ahora, sólo servían para ser conservadas en una urna, sembrarlas en el viento o mantenerlas a modo de buzón de correo o cementerio de vecindad, como en algunas ciudades del Japón. El poeta romántico polaco jamás hubiera podido suponer que se cumpliría la profecía, en cierto sentido ("al arder no sabes si serás libre"). Si hubiera sido un químico con la imaginación de un Julio Verne, el poeta polaco habría llegado a la materialista conclusión de que del carbono venimos y en carbono nos convertiremos. Sólo que en forma de joya cristalizada en hermosura de aquellas que persiguiera el agente con licencia para matar. En la película de Wajda, que vimos en la adolescencia, hay un joven que conoce el amor y en pocas horas sus certidumbres se convierten en cenizas y la muerte, como metáfora, en la única alternativa aparente. Lo que ocurre es que los directores de cine y los poetas se atienen sólo a los códigos sensibles. Un empresario avispado, en cambio, miren hasta donde puede llegar: a la misma comercialización de la muerte, como es la idea utilitaria de convertir en diamantes las cenizas de los pobres humanos cuando cruzamos esa línea de sombra que nos separa de la vida. Todo muy natural si nos atenemos a las leyes del organismo biológico, ya que los seres humanos compartimos con el diamante un componente básico: el carbono. Nuevo negocio a la vista para las funerarias, por si no bastara la rentabilidad que tienen. El "malo" de la película de Bond recuerdo que tenía un gigantesco láser suspendido en órbita sobre la Tierra y se valía de los diamantes para potenciar su energía, lo que podía provocar desastres nucleares y destrucciones modelo Bush. Connery-Bond y su inseparable chica bella, la Jill Saint John, debían impedirlo. En cambio, ahora, la combinación diamantes-energía se puede convertir en muerte-fascinación. Para la mayoría de las mujeres nada hay más fascinante que una de esas joyas cristalizadas que brotan de las profundidades de la tierra o de los procesos industriales que dan lugar a los diamantes sintéticos. Si encima la joya procede de las cenizas de un ser querido, el negocio sentimental y el material se convierten en un logro perfecto. Supóngase la muerte de un pobre diablo que en su existencia no tuvo ni donde caerse vivo. Jamás hubiera podido soñar que la compañera de su destino, tan pobre como él, tuviera la posibilidad de poseer una joya tan apreciada. Cualquiera que se encuentre en parecida situación económica sólo tiene que autorizar en su testamento vital el envío de sus futuras cenizas a un lugar llamado Algordanza, Suiza, que allí se encargarán de convertir el polvo de sus huesos en diamantes de medio quilate para consolar a las viudas. Como todos estamos convencidos de nuestra insignificancia y de lo del "muerto al hoyo y el vivo al bollo", ya no será igual si nos convertimos en un diamante estrellado. Sólo con mirarlo habrán de recordarnos a la fuerza. Por supuesto que no nos importará, una vez que hayamos desaparecido. Seguiremos siendo "cenizas y confusión" y a medio quilate la lágrima de cocodrilo. Sólo que no podrán echarnos en cara nuestras mujeres que jamás les regalamos un diamante en la vida. Será el regalo póstumo de amor de nuestros huesos calcinados colgado en el cuello o engastado en una sortija deslumbrante.
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