AUTISTAS
CARLOS RIVERA
Pla, el viejo cínico, solía decir que en este mundo no había más que tres cosas realmente conmovedoras : el vino “Riesling”, la pasta “asciutta” y el amor filial. “Ecce homo”, pienso, ahora que estamos todos perfectamente embarazados y vamos a ser abuelos de lo que venga para agosto, según dicen ; ahora que nos han vuelto a dar (¡ y qué pronto se olvida !) dos tiros en la nuca, pese a lo cual seguimos sobreviviendo, intentando de paso, en vano, discrepar de algunas cuestiones, y preguntándonos, también en vano, para que narices sirve discrepar de nada en este país, si luego, sutilmente amalgamados como la harina más flexible nos vamos haciendo sustancia a digerir para los estómagos insaciables del poder, con sus múltiples fauces dispuestas a engullirnos el salario, las ideas y la imaginación (el que la tenga). El poder : ese oscuro e incontestable leviatán que nos somete a los imponderables de su actuación, sin que nosotros, inermes, sepamos y podamos defendernos de tanta agresión calculadoramente rentable. Todos somos, en el fondo, como ese “gorrilla” culto sevillano que lee a Thomas Mann, a Carpentier y a Sófocles, si se tercia, mientras duerme cada noche de cada día del año en los soportales del poder (en este caso, la puerta de un banco), todo un símbolo de lo que somos, de esto en lo que nos hemos convertido : autistas de la gran isla del asfalto contemplando como rueda la civilización, como se exhibe en los escaparates del lujo, en las añagazas de la engañosa publicidad y como se permite aconsejar a los desnudos que se quiten la piel, lo único que les queda. siguiendo los consejos de Botín y de Ybarra, señores y dueños : que se profundice en la reforma laboral y que se abarate el coste de los despidos, mientras en la columna periodística de al lado anuncian a bombo y platillo que en el pasado año aumentaron un 26 % los beneficios de la Banca. Y es lo que yo me digo : con esto de ver y de leer y de ser inmiscuídos por el “Hola”, el “Expansiön” y la Primera Cadena, uno se va haciendo diminuto, convirtiéndose en insecto frente al espejo en un proceso kafkiano irreversible. Llegas a casa y la salita de estar se te llena de esa gente de los residuos del corazón, de esos barandas adúlteros que van y vienen de sus negocios a sus ligues con la modelo de turno, de esos lunáticos que no sólo pueden pegarte dos tiros en la nuca sino embalsamarte de pánico, de esos políticos que no sólo te roban la cartera sino los ideales, de esos personajes del extrarradio que te someten a la tortura televisiva. Si uno no tuviera un buen libro de poemas en la mesilla de noche se acostaría con esa sensación de naufragio que te echa los insomnios como perros salvajes de las innumerables preguntas de la vida, todo un fraude con sólo salir de casa a la oficina y ver a los demás, autistas como uno, incomunicados como uno, pues casi siempre es cierto que no hay nadie al otro lado, por mucho que lo diga esa publicidad de moda. Si uno no tuviera siempre a mano el libro de un poeta, otro autista sublime, acabaría por cabrearse de verdad con el enemigo visible que te defrauda en la gasolinera, en la publicidad, en la punta del iceberg de lo que no sabes pero sospechas del engaño en cualquier sitio de este nuevo reino de “internet” que es la calle, la vida, la isla del asfalto. Mucho ha costado que, después de tantos siglos, el llamado hombre civilizado no se rebele, como no sea en su fuero interno, contra este estado de excepción permanente que te ha programado para amalgamar tu rebeldía de resistente pasivo al fondo de la artesa : de ella saldrás convertido en el pan del fracaso o del éxito, según tu levadura, o en el pan ácimo de quien, encogiéndose de hombros, se atreve a pensar, sólo a pensar, en como salir del laberinto. Aunque, bien mirada la cuestión, ser un autista tiene también la ventaja de no sufrir, en demasía, los defectos colaterales del sistema. Lo del autismo culto de ese “gorrilla” sevillano puede ser una solución, aunque no la más atractiva. Prefiero el autismo de Diógenes, aquel que hace miles de años ya sabía de esto. Dentro de su tonel pasó de las ofensas del sistema. Con sólo el candil de su dignidad puso a los magníficos de su tiempo contra las cuerdas. Con su ironía de intelectual desprogramado elaboró el primer manifiesto de resistencia pasiva. Aunque también es cierto que se murió desnudo de todas las pertenencias del éxito, y que a su entierro sólo acudieron unos cuantos amigos “okupas” de toneles y aquel perro sarnoso que le lamiera las heridas.
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