ANGELES
CARLOS RIVERA
Jessica tuvo un día una paranoia celeste y, desde entonces, se dedicó a pintar ángeles. Así lo confesó la misma artista en un programa que cacé, zapeando, en no recuerdo qué canal de televisión. Los ángeles de Jessica son polícromos y almibarados, como los del retablo de una iglesia. Considerando lo de misión imposible que debe ser atrapar un ángel en un pincel, lo de Jessica que duda cabe que tiene su mérito. A Jessica la acompañaba un niño que nada tenía que ver con ella excepto en lo que concierne a ese punto sobrenatural y angélico, que es de lo que iba el programa de televisión. El muchacho, con cara de espabilado, dijo tener unas excelentes relaciones con su ángel de la guarda, y, lo que es más barroco, decía haber visto en numerosas ocasiones a uno de los barandas de la escala angélica, nada menos que al Arcángel San Miguel. De lo que deduzco que el citado arcángel debe ser un empecinado visitante de la tierra, como su colega Gabriel, el de la anunciación a María, y del que se conserva en la catedral de Sevilla, como escribí en cierta ocasión en estas mismas páginas, una curiosa reliquia emplumada. Jessica, la pintora, no sólo le dio la razón al niño vidente sino que, esbozando una sonrisa angelical, anunció a los telemaravillados espectadores lo fácil que resulta el contacto con los ángeles, y, muy especialmente, con el ángel que tutela, o así se cree, la vida de cada ser humano. Condición “sine qua non” tendría que ser, según la alucinada, el estado de inocencia absoluto y la profunda fe del aspirante al angélico contacto. Hízose entonces en el plató un respetuoso silencio, lo que aprovechó la presentadora del programa para decir esa obviedad de que “había pasado un ángel”. Yo, por mi parte, confieso que hice el intento de objetivar a mi ángel particular, pero mi corazón, atribulado y confuso, no estaba en las condiciones requeridas de subjetiva inocencia y fe de carbonero, así que decidí postponer el contacto para una mejor ocasión, que dudo que exista, dada la situación escéptica y perversamente corrompida de mi espíritu después de medio siglo de existencia. Una cosa sí que pasó : y es que me enamoré de los ángeles de Jessica, tan evanescentes y bellos como los ojos de la pintora. A una criatura así, tan perpetuamente maravillada, habría que nombrarla, por lo menos, mensajera celeste o funcionaria del ministerio de lo sobrenatural, que podría crearse, sin mayores problemas, en el gabinete de José María Aznar. De ese modo se aprovecharía la experiencia de Jessica, pintora de ángeles, para contrarrestar los malignos efectos de los consabidos demonios familiares de España, que ahora parecen dormir en estado de etérea suspensión, pero que pueden resurgir en cualquier momento si a Jordi Pujol le da por pedir la autodeterminación económica, que es la que le interesa realmente, o al “pata negra” de Arzallus se le acaba la paciencia jesuítica y le pega una patada en salva sea la parte al estado de convivencia secular entre “maketos” y vascos. Yo estoy convencido de que ambos dirigentes políticos deben tener unos ángeles tutelares muy pertinaces y obsesivos. El de Pujol puede que sea una de esas criaturas alucinantes de Dalí, un ángel con “seny”, como nacido de los pinceles del extravagante genio ampurdanés el día que se enamoró de la coqueta Gala, tan voluble como aquella luna de nuestra infancia que hasta tuvo amores con un calé, según esa canción retrospectiva que ahora nos recuerdan mis coetáneos del Consorcio. No creo, de todos modos, que sea el ángel de Pujol el mismo ángel que una noche de tramontana viera cruzar ante sus ojos el socarrón de Joseph Plá, en medio de una luminosa borrachera de whisky. He oído decir que Plá le contaba maliciosamente a sus íntimos que no sólo había visto al ángel sino que había mantenido con tan etérea criatura una conversación secreta acerca de los poderes afrodisíacos de un buen potaje de habas del Ampurdán. No, no creo que sea este ángel de Plá el consejero aúlico de Pujol sino uno de esos con cara de “yuppi” que ha pintado el disolvente Mariscal por encargo de “La Caixa”. Del de Arzallus se sabe más bien poco. En todo caso tiene que ser aborigen, con pedigrí celeste de las mejores cosechas ignacianas, laberíntico y dado a las diatribas : un escolástico que no sólo se siente cargado de razón, como su pupilo, sino que es capaz de dilucidar en las más duras controversias la legitimidad de los “derechos históricos”. Que se sepa, ha tenido hasta ahora diversas entrevistas con el ángel de Aznar, que es un ángel de “marketing” como el de Tony Blair, o sea, una clonación exacta de los ángeles de El Corte Inglés. A lo mejor un día de estos, si se firma la paz con los de ETA, aparecen los dos en una foto histórica. Sólo que, como no pueden concretarse a la mirada humana, ni usted ni yo podremos verlos. Mejor así : no vaya a ser que el ángel vasco tenga la cara del ángel de la muerte.
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