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ALBUM DE FOTOS

CARLOS RIVERA

A Manuel Angel Jiménez


Un trozo del tiempo congelado en la retina de quien amó aquel tiempo. Una fotografía. El hojeo de un album familiar es un acto de dimensión metafísica en el paisaje del objeto, la foto. En el paisaje interior del sujeto el rastreo es más inoportuno, por escurridizo e imposible. ¿ Quién puede dilucidar lo que sucede en la mirada de los seres que contemplan, desde una fotografía, el devenir misterioso del tiempo?. Hojeando el viejo album familiar ni yo mismo me reconozco, con pantalones de campana y unos ojos desamparados en el aire, como si quisieran convertir en pájaro su liviana adolescencia y tuvieran miedo a volar. ¿De qué año, me pregunto, es este retrato mío de ausente ?. Aunque no importa tanto la fecha como el desamparo de esa mirada, la mía, que parece un círculo sin principio ni fin. Es como si me hubiera sucedido, en el azar de aquel día que no recuerdo, el enigma de “Descartes”, el indescifrable poema de Borges : “soy el único hombre en la tierra/ y acaso no haya ni tierra ni hombre”.
El inútil deseo de apresar al tiempo, de convertirlo en objeto tangible, no deja de ser una transgresión poética que los hombres cultivamos para sembrarla en el cementerio de la memoria, allí donde yacen, insepultos, los cuerpos y las almas de los que aún son, de los que fueron y de los que dejaron de ser. Tocas la pátina sepia de los rostros de tus abuelos y la conviertes en un acto de fé de ti mismo : existes porque ellos existieron ; eres el acto vivo de una nostalgia que retrocede hasta el principio de los tiempos. Eres la identidad corpórea de una cadena de identidades desvanecidas en el pálido polvo de la Historia que vuelve todos los rostros indescifrables, como si no hubieran existido en el improbable destino que ha borrado todas sus huellas, salvo la de esta certeza que en ti dejaron, hace ya muchos años, aquellos versos enigmáticos del ciego Borges : “Hoy es ayer / eres los otros / cuyo rostro es el polvo”.
Hojeando esta mañana dudosa del otoño los viejos albumes de fotos de familia, veo a mi madre, que acaba de cumplir hace unos días ochenta y cinco años. Es una fotografía de los años cuarenta y está encinta de mí. No puedo reconocer ni recordar esa mirada luminosa suya bajo la que se oculta el espacio remoto de la maravillosa juventud que es capaz de retener todo el tiempo del mundo. Mi madre, en esta vieja foto, es una criatura matutina en cuyo rostro el aire se serena con los destellos de un amor desconocido hacia el incierto fruto de su vientre. Nada semejante a su devastación de ahora, lo que reduce a ilusoria toda la veracidad pluscuamperfecta que refleja aquel viejo retrato. En los erráticos tramos del pretérito queda el estupor que se aloja en sus ojos y la sensación de haber sido arrastrada aguas debajo de ese río donde ella fue a tramitar su vida.
Hace ya años, en una incierta noche, sumergido en la escritura de un poema que titulé “Ente de ficción”, me puse a mirar una de aquellas inocentes fotos escolares de los años cincuenta con el mapa de España por testigo, y tuve la sensación de recordarme tal como había sido en el predio radiante de la infancia : un niño azul que robaba palomas a las tediosas tardes del estudio de las matemáticas, tan desagradecidas para mí. Me recuerdo pero me desconozco. En este sentido las viejas fotos son una traición a la memoria que uno tiene de sí mismo y de los demás. No reflejan sino un paisaje difuso, no son, naturalmente, introspectivas. Es como cuando rememoras en los pergaminos del alma aquel amor de un verano remoto. No es aquella la muchacha que reía como el vuelo de los pájaros, y en cuyos ojos, maravillosamente verdes como no he visto otros, contemplabas tu propia utopía. Si miras ahora su retrato aquellas sensaciones se habrán desvanecido. Sólo te quedará la evanescencia de una mujer cuyo nombre te cuesta trabajo recordar, porque no quieres que te duela la experiencia de un desamor.
En la línea de flotación de tu vida el album de fotos es como un balcón en sombras al que no debes asomarte por el miedo de no reconocer a quien está detrás de los visillos del tiempo, mirándote desde esa pátina sepia en la que se oxidan todas las nostalgias. Sólo con la poesía, que reemplaza a todos los sentidos, podrás infundirle vida a la letra muerta del recuerdo, podrás crear de nuevo el paisaje de aquellas personas cuyas veladas fotografías ya no están en tus ojos sino en el exterminio alado de tu propia historia. Así, al cerrar el album de fotos de familia, sientes una imprecisa tristeza y el presentimiento de que sólo en las cenizas de un poema habrás ganado, verdaderamente, tu guerra contra el tiempo.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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