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El precio injusto
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BITACORA

El precio injusto

18/08/2004

Carlos Rivera



Escribo desde el desierto, hoy, 15 de agosto. Ha sido una gozada comprobar en esta mañana calurosa que soy uno de los escasos supervivientes sedentarios en un día como el de hoy, sin bares, sin periódicos, como si fuera una navidad abrasante y descolocada. Hoy es el día en el que todas las vírgenes de los pueblos de España subieron a los cielos rodeadas de melífluos ángeles cantores y, desde las alturas, tanto "la virgen de acá" como la de allá reparten ferias, verbenas y costurones de sol por playas y caminos. Virgen está esta mañana el día, con alguna noticia que, aunque esperada, enturbia su fresca luz: ha muerto, viejísimo, Czeslaw Milosz, el poeta de la dignidad.
Son los penúltimos latigazos de la canícula y durante mi meditado desayuno he pelado la fruta lenta y fervorosamente y cuando la he mordido se me ha llenado la boca de ardorosa sustancia y hasta el café con leche me ha dado la impresión de que era una taza de música como sostengo, sin pruebas concluyentes, en mi viejo poema de Alicia en el país . De las maravillas, oigan. Digo el país, esta mañana. Todo el mundo de fiesta y hasta en mi pueblo de La Coronada organizan "la del emigrante", con verbena a la luz de las estrellas en las eras del pueblo a las que yo iba en otro tiempo a cumplir mi destino de cazador de lunas. Todo esto pasa, mientras en Atenas la humanidad juega a purificarse con esa extraña energía de la vida que transmiten los atletas, estén dopados o no, pues ya sabemos que, de podrida que está, esta increible selva enloquecida desaparecerá en cualquier momento. No sería extraño que nos anunciaran que está lloviendo fuego, otra vez, sobre Sodoma y Gomorra, y que por mucho que el Papa visite la gruta de las maravillas de Lourdes, la cura del enfermo va para largo. Y si no, contemplemos el panorama: siguen llegando las pateras con su carga fúnebre y en el cementerio marino las gaviotas continúan llevándose almas de paganos al buen cielo de nuestros curas, beatas y meapilas.
Otrosí, como dijera el retórico, continúa imparable la subida de los precios del petróleo. A todo octano como va, la humanidad, algún día, va a consumirse en su propia sangre negra y seguirá sin enterarse de que la guerra provoca muertos inocentes, hace subir el coste de la vida y convierte a los economistas en pájaros de mal agüero, que si va pasar esto, que si va a pasar lo otro. Como por arte de magia negra, auspiciada por Bush y sus aliados, el barril de petróleo que alimenta una parte de los sueños humanos se elevará hasta el cielo y desde allí comenzará a soltar maldiciones económicas. No hay que ser un mago para ver de que ha servido esa guerra de Irak. No es una broma, señor Arenas: la guerra y quienes la apoyaron son los culpables del empobrecimiento de las perspectivas económicas. Ustedes sembraron los malos vientos y nosotros recogemos las tempestades.
Lo curioso es que siempre le toque a la izquierda gobernante soportar ese negro estado de la cuestión de que en la economía pinten bastos por meternos donde nos metieron, en la aventura de un paranoico que puede disponer de todo el petróleo del mundo con sólo enviar al lugar adecuado a sus marines victoriosos. Nosotros, en cambio, mire usted, señor Arenas, como estamos: con los bolsillos encogidos. Porque el alto precio del octanaje no será el único que paguemos. Recuérdelo, señor Arenas, para cuando los días de vino y rosas se esfumen, como ahora pretenden que se esfumen sus responsabilidades en la maldita guerra de Irak, que ustedes apoyaron sin la más mínima discrepancia.
Que todas las vírgenes de agosto nos protejan de políticos irresponsables y que en la oscuridad del borrador del futuro, entre las citas victoriosas de los tiempos felices, quede constancia de que la mayoría de este país, que es el que nos importa, estuvo contra la estupidez criminal de un gángster de Texas que va a prolongar nuestros insomnios, cuando coger el coche nos cueste un ojo de la cara. Ese va a ser el precio injusto del futuro pagado a escote por el pueblo a quienes ustedes desoyeron y engañaron. Cuando se nos indigeste el café colectivo y la fruta del desayuno se nos atragante, recordaremos en nuestra indefesión la gran mentira que no consiguieron vendernos y las otras mentiras que no consiguieron desarmarnos.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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