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» Infinito /José Ramírez Muñoz |
INFINITO José Ramírez Aquellos seres tenían dones sorprendentes. Podían traer las cosas a la presencia de un semejante con sólo mover los labios y expulsar viento a través de sus gargantas. Con esos sonidos intercambiaban productos de la imaginación. Soñaban con otro ser al que nunca habían conocido. Incluso rendían culto a millones de dioses diferentes. De entre todos los individuos de aquella especie singular hubo uno que recibió el don de intentar conocer los límites últimos del Infinito y todos los dones necesarios para alcanzarlo. Atravesaba los fríos territorios del Universo a una velocidad siete veces superior a la de la luz. Los ojos se le habían hundido en el rostro y la piel estirado con el roce. La cara, reseca y estriada, sólo piel sobre hueso, blanca ceniza del frío, del fuego y de la velocidad, a pesar del don de la resistencia, parecía la de un anciano que hubiera eludido un millón de veces la muerte. Un pájaro paraba un segundo cada cien mil años sobre una esfera maciza de acero del tamaño del Sol hasta que la erosión que producían sus patitas la rompiera. Entonces, todavía no habría comenzado la eternidad. Él, en cambio, cada veinte millones de siglos paraba, se sentaba a descansar un rato a la sombra de un árbol de luz y niebla, bebía de un brebaje destilado en rarísimas estrellas y hacía recuento. Al cabo de un par de días de descanso en un hotel de hielo, servido por seres asombrosos, emprendía un vuelo más acelerado aún que el anterior. Se incendiaba al atravesar atmósferas de metano y lluvias de estalactitas y mantenía la mirada atenta a la única obsesión de encontrar los límites imposibles del Infinito. Veía durante una infinitesimal partícula de un nanosegundo paisajes extrañísimos, nieblas de viento de azufre, fuegos fatuos de estrellas apagadas, humos del color de la púrpura en planetas en que ardían las rosas. En las inmensas planicies de una noche tan larga, en aquella fría oscuridad, ardían lejanas explosiones de estrellas que nacían y fenecían, bellísimos fuegos de artificio, colores raros en todos los horizontes de la estepa cósmica pero él había cegado toda curiosidad que no fuera la de encontrar límites. Si los encontrara, el Universo no sería infinito. Acabaría en un terraplén por el que despeñarse hasta la nada. Si no los encontrara, no podría decir que el Universo fuera infinito. De modo que en esa imposible estancia en que los sueños crepitan como las hojas de mil árboles caídas en un paisaje de otoño, él, que tenía todos los dones, estaba condenado a viajar infinitamente hasta los límites del Universo. Un día paró sobre un planeta en el que hacía sol y lucía la luz de la infancia. Paseó su blanquísimo pelo ralo por la calle en que jugó de niño y se encontró montando la misma bicicleta que dejara hacía una eternidad. Al principio, observó el entorno familiar. Luego, se miró a sí mismo perplejo. Descubrió el mismo frío azul en sus rodillas de aquellos viejos inviernos. Bajó de la bicicleta. La apoyó sobre la cal de la pared y se sentó fatigado en la misma gradilla de la puerta de su casa. Dentro trajinaban en la cocina. Entre el olor de los guisos descubrió un remoto perfume familiar. Era el aroma frutal de su madre. La velocidad de la imaginación, seguramente, le había hecho ser dos, niño y anciano. Cuando un móvil viaja a través de las estrellas retarda su tiempo con relación al tiempo de pájaros que bulle en la calle de su infancia. Esto podría haber pasado. Pero al final de todos los confines haber llegado al principio del viaje hacía que el Universo no fuera Infinito sino curvo, como si un niño recorriera con su patinete infinitas veces el limitado borde interior de una esfera. como una madeja de un hilo de lana que vuelve mil veces al mismo recodo del regazo materno. Lo llamó su madre como siempre: a comer, dijo. Tal vez si emprendiera otro nuevo viaje, don que también había recibido, la próxima vez, si aceleraba un poco, podría llegar a encontrarse a sí mismo antes de nacer en el vientre de su madre, donde estaba la perfección, el centro de la nostalgia y aquello que extramuros de todos los planetas, con sonidos de viento hechos en la garganta, llamaban Dios, el principio de la vida. Nacer parecía ser caer en el interior de la esfera que se había de recorrer una y otra vez en un patinete. Ese sueño era la vida. Pero estaba cansado de estar tan atento. Renunció al don de la inmortalidad y se dejó morir allí sentado, en una calle que miraba al sur y en la que calentaba el sol todavía.
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Carlos Rivera
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