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BITÁCORA
Etica y estética del verano
Carlos Rivera
11/08/2004
"Esos terrenos arenosos e improductivos de las costas", que le decía un ciudadano del siglo XVI a otro engolado compatriota en un célebre chiste de Mingote , están por las nubes. En ellas tienes que estar para embarcarte en uno de esos abusivos alquileres para unos quince miserables días de frivolidad, que es todo lo que te permite tu peculio. Menos mal que te llevas tus inseparables libros cuya lectura todavía le permite al cerebro considerarse en casa, porque, ciertamente, las vacaciones entre tanta gente desconocida que invaden la arena, que te molestan con toda clase de ruídos, son una auténtica pesantez. De cualquier manera, ese es el hábitat del verano, que comienza con esas desenfocadas fiestas de los "sanfermines", donde una muchedumbre de sujetos y sujetas en permanente estado etílico corren delante de unos pobres animales asustados de semejante prole que viene de todos los lugares del planeta por culpa de un americano borracho a quien le dio por escribir sobre una fiesta tan bárbara como la de los toros. Desde el amanecer, como si fuera un acontecimiento mediático, las emisoras de radio y televisión transmiten el numerito rutinario del encierro gracias al cual conocemos algunas calles de Pamplona mejor que las calles de nuestra ciudad y nuestros pueblos. Con los "sanfermines" ya entramos en temporada. De pronto desaparecen los vecinos. Los fines de semana tu bloque es un oasis sin esos molestos ladridos del perro de arriba que se ha convertido en enemigo íntimo del tuyo. En el bar de la esquina la cerveza del mediodía te sabe mejor sin la presencia de ese pelmazo que te pide que escribas en el periódico sobre algún asunto particular que sólo a él concierne. La calle en la que vives te invita a pasear a la hora de la sombra que en julio es corta y en agosto es larga como la espera de esa carta que no llega y de la que depende la resolución de un asunto que te tiene en vilo. Porque en agosto apenas hay correo. Al menos en el barrio en el que vivo. Desde hace unos años el cartero no es que llame dos veces, es que tarda en visitar tu buzón siempre atiborrado de correspondencia. Lógicamente, como en cada agosto, el cartero estará de vacaciones y el substituto no conoce el barrio. Aunque da la impresión, recorriendo las calles de la ciudad, de que no sólo el honrado y viejo cuerpo de funcionarios de Correos se ha volatilizado bajo la atmósfera letal de lo que los italianos tan bien definen como el "ferragosto", sino la mitad del vecindario. Cierto es que la ciudad, sin habitantes, se hace grata como en ninguna otra época del año. Lo que no evita la dispersión es la ética y estética reinante de los que se quedan o han vuelto de las vacaciones de julio. Como me decía un amigo periodista gaditano: "No sé qué tiene de bueno el verano, una estación en la que toda horteridad es visible y toda molestia se asienta por tierra, mar y aire". Lo de la horteridad lo refería a la cantidad de sujetos que vestidos con holgadas calzonas o "piratas" a media pierna y sus correspondientes camisetas sin mangas empapadas de sudor o sin ellas, a cuerpo limpio, se pasean como Pedro por su casa estés donde estés, aunque sea en el local más elegante de la urbe, en la cola del supermercado o en cualquier terraza de cafetería. Decir que van vestidos es eso, un decir, tanto en la playa, lo que tendría su explicación, como en la ciudad cuya estética indumentaria se degrada hasta el extremo de que quien va correctamente vestido corre el riesgo de ser mirado como una rareza estival. De modo que la ética y la estética del verano consiste en convertir las playas en ciudades y las ciudades en playas de ocasión según el rito de los comportamientos personales e indumentarios de la cálida estación seca. Lo de la ética, más que nada, porque por todos los lugares y especialmente en los chiringuitos y terrazas veraniegos, es frecuente encontrarse con camareros desatentos y hostiles a quienes pareces ofender por pedirles una cerveza fresca. Aunque mirándolo de otra manera, tanta desinhibición acaba por acomodarse a tus neuronas. Y cuando el sujeto de calzonas largas y camiseta empapada de grasiento sudor cohabita junto a uno tantos días te consuela el pensamiento de tempus fugit y ya solo quedan unos meses para volver, de nuevo, a la civilización.
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Carlos Rivera
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