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Ante la página en blanco

Balzac necesitaba manzanas para inspirarse. Pedro Salinas sólo escribía con tinta verde. Gabriel García Márquez parece tener querencia por las flores amarillas. Una colección de pipas adornaba la mesa de Simenon, e incontables fichas, que se convertían en novelas, el atril de Vladimir Nabokov. De pie, en la cama, en los bordes de enormes mesas o sobre diminutas mesillas, los lugares y hábitos de los escritores parecen en muchos casos más ficción que realidad.
Henry Miller sostenía que la mayoría de los escritores trabajan en una posición incómoda: “He llegado a creer que en lo último que piensa un escritor o cualquier artista es en ponerse cómodo mientras trabaja. Posiblemente esta incomodidad constituye una especie de ayuda o estímulo”. La afición de Flaubert a trabajar en una bata conocida como chandail, o la costumbre de Proust, Colette y Onetti de escribir acostados podrían en parte contradecir esta teoría. Razonablemente cómodo debía también sentirse el intrépido Hemingway en La Habana, “de pie, calzado con un par de desmesuradas pantuflas, sobre una gastada piel de Lesser Kudu, con la máquina de escribir y el atril frente a él”, como recuerda George Plimton.
En "The writer’s desk", John Updike describe los escritorios fotografiados por Jill Krementz como camas de cortesanas donde “la intimidad del acto literario es cazado in flagrante delicto”. Sin sábanas de por medio, entre sofás floreados y cálidas alfombras, desde una mesa camilla, Álvaro Pombo dicta a un fiel amigo. Pegada a la pared está la alargada mesa de cristal con ruedas donde Rodrigo Fresán se debate entre “el matrimonio periodístico y la pasión literaria”. En una silla ergonómica, Almudena Grandes escribe en sus cuadernos “lisos, de un papel bueno para escribir con pluma”. Al otro lado de un arco, su marido, el poeta Luis García Montero, transcribe al ordenador los versos que han quedado mezclados en el cuaderno con números de teléfono y recados pendientes. Javier Marías mantiene siempre abiertas las puertas de su estudio para ver la biblioteca. Resguardado por gruesos muros de piedra y ante una mesa cuadrada se sitúa Bernardo Atxaga, ahora que dispone de un gran “extra-espacio” y no tiene que acotar su zona de escritura con una muralla de libros.
Frente a una puerta y una ventana ha trasladado su escritorio de madera clara Antonio Muñoz Molina, reproduciendo ese espacio casi “idéntico” en el que siempre ha escrito. Un arcángel de cartón vigila desde el alféizar de la habitación contigua el escritorio naranja que prueba el paso de Elvira Lindo “de lo étnico a lo pop”. Lejos de la trastienda del colmado militar del norte de África donde escribió su primera novela, Enrique Vila-Matas se esconde en un lateral de la espectacular vista de Barcelona que domina su salón.
En las paredes cuelgan recuerdos, en las estanterías se agolpan obras ajenas y en las mesas, salvo en el caso de Marías, reinan las pantallas de ordenador. Pocas flores (“crisantemos, flores de difuntos y orquídeas” en el caso de Pombo o un cerezo que asoma por la ventana de Atxaga) marcan la pauta en estos cuartos, todos ellos encajados en el espacio doméstico, quizá porque la creación no se puede separar de la vida.
A la hora de escribir, cada cual se encomienda a sus santos. Atxaga habla de altar y muestra una postal con un poema corregido de Pessoa. Vila-Matas se ríe al confesar su “apuesta doble: me santiguo y toco la varita mágica que me regaló Cristina Fernández Cubas”. Marías busca en la página “rescoldos del día anterior”. Muñoz Molina sintoniza Radio Clásica y se deja ir. Almudena Grandes conserva un facsímil de la firma de Dickens y un dibujo de Pepe Hierro hecho con orujo y pétalos de flor. Lindo echa mano del teléfono y del correo electrónico para ahuyentar la nostalgia de las redacciones de radio. Fresán tiene sobre su cabeza a Cheever, Bolaño, Dylan y Vonnegut. Pombo mira toda una pared con dibujos de barcos, y García Montero, su colección de primeras ediciones; y, “si la hora lo permite”, se sirve un whisky.
Vila-Matas, convencido de la autenticidad de los escenarios, se fotografió en una ocasión ante una mesa del siglo XVIII, supuesto escritorio del inventor del ensayo, Montaigne, muerto dos siglos antes, y creyó mirar por la ventana ante la que se inspiraba Goethe, sin saber que la casa había sido reconstruida. “Se escribe desde un espacio mental más que físico”, asegura. Quizá porque en literatura el único espacio físico que cuenta es una página en blanco.



Fuente : Diario El Mundo
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