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BITÁCORA
COMO LA GOTA DE SAL AZUL
Carlos Rivera
21/07/2004
Cien años, cien, han transcurrido desde que el capitán de los versos viniera a este mundo a cumplir su destino de poeta. Lo llevó tan estupendamente, con tanta vitalidad creadora, que al final de su vida estaba dispuesto a convertir en futuro aquellos versos de su Estravagario : "No crean que voy a morirme / me pasa todo lo contrario / sucede que voy a vivirme...". Así era aquel Pablo Neruda a quien yo descubrí en los anaqueles de la vieja Librería Luque en un libro primero que aún releo con emoción: Crepusculario . Antonio Skármeta lo ha definido muy bien: "Al igual que la naturaleza no necesita cédula de identidad ni pasaporte, este poeta, Pablo Neruda, no necesita de explicaciones". Toda su larga vida fue un canto general a la existencia humana, a la gota de sal azul que cada día aplica en el mar el misterio de la oceanidad deslumbrante, como la palabra de Neruda. Quiso escribir los versos más tristes cierta noche y los difundió "urbi et orbi" para patrimonio de los enamorados que aún se besan con sus versos a la luz y a la sombra de todos los paisajes de la tierra. Los "veinte de amor" que nos dejaron acariciar al primero que tuvimos y aún nos permiten compartirlos con el definitivo, el último, el que besamos a la serenidad de los años en el más hermoso de los espacios de la vida. Gracias, a ti, Pablo, sabemos del canto de los ríos, de cómo el mar y las campanas difunden sus espumas a través de los pájaros, de cómo el verso más triste de los versos nos buscó la salida para los desamores más llorados. Y es por ello que no fue nuestra canción desesperada sino cancelación de tristes historias personales con el lenguaje luminoso que nos hizo escribir con islas y astrolabios a los nuevos amores del futuro. Por los itinerarios de la vida siempre me acompañó como un fantasma literario, aunque fuera cuestión absolutamente complicada escribir más poemas de amor después de leer los suyos. Como fue complicado adentrarse en la nostalgia tras aquella pregunta que un día hiciera a la sangre derramada de nuestro Federico García Lorca, aquella indagación que aún flota como una transparencia por el barrio de Argüelles de Madrid, donde tuvo su casa Pablo Neruda: "żDónde estarán las lilas? żY la metafísica cubierta de palomas?". No ocurrió lo mismo en su Chile natal, donde, tras el sangriento golpe del fascista Pinochet fue registrada la residencia de Neruda buscando un material sensible y peligroso: la poesía. Con ella anduvo por el mundo representando lo que fue, un escritor vitalista por encima de todo, capaz de combinar lo más íntimo con lo universal, lo más surrealista con la épica, siempre bajo la luz contextual de un Océano Pacífico donde está su Isla Negra, residencia habitual en la tierra, aunque tuviera tantas, de aquél a quien define su amigo García Márquez como lo más parecido a un Papa renacentista, glotón y refinado. Puesto a lavar con la palabra la ropa sucia del mundo y a reivindicar a los millones de sombras humilladas, fue su poesía mal llamada social (o bien, según se aprecie) una lámpara votiva en el santuario de la dignidad humana. Teniendo como tuvo a la claridad como adjetivo fueron sus metáforas los verbos más intensos para nombrar todo lo que podía nombrarse, desde una humilde cebolla al dolor de la España que él tanto amó. Pasen y vean su facultad increíble para escribir con emoción sobre una concha marina, sobre las nieves eternas de los Andes, sobre los tórridos desiertos, sobre las algas del Pacífico y la babel de todos los prodigios naturales. Toda la tierra fue su residencia. Todo el mar. Y todas las campanas que lloraron su muerte aquellos negros días en los que Chile, su país, sufría la humillación de un golpe de Estado que aún sangra en su memoria colectiva. El siniestro general ordenó la prisión de sus palabras, unas palabras que viniendo del océano se hicieron libres y se multiplicaron y difundieron por el mundo y en las que muchos niños y adolescentes descubrimos la luz profunda que ilumina el corazón de todas las cosas nombrables e innombrables. El general ordenó que las palabras del capitán de los versos fueran torturadas hasta darlas por desaparecidas. No fue así. Como la humilde gota de sal azul del mar siguieron naciendo cada día hasta la última memoria del mundo.
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