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BITÁCORA
Constitución y sermones
Carlos Rivera
23/06/2004
A falta de referéndum popular ya tenemos Constitución de Europa. Habría que matizar ¿de qué Europa?, pero eso es harina de otro costal. Lo cierto es que, aunque la gente en general no esté muy motivada, ya se ha cumplido el viejo sueño de aquella generación de jóvenes españoles a la que pertenecí, que sintiéndose europea por razones geográficas y culturales, aún se consideraba extraña al cruzar los Pirineos, como gallina desplumada en corral ajeno. No en vano éramos los súbditos de una dictadura que nos asomábamos a la experiencia de las libertades de un continente que, siendo el nuestro, nos parecía absolutamente ajeno. Bien está que cuando hemos encanecido nos sintamos ya cómplices y participantes de un mismo proyecto, de un mismo futuro, aunque no sea el que en otros tiempos habíamos diseñado para la esperanza: una Europa política pero, fundamentalmente, una Europa social, una Europa de los ciudadanos en la que todos habláramos el único idioma, expresado en tan diversas lenguas, de la utopía y el progreso. En esa Europa queríamos estar. No en la Europa de las subvenciones ni en la de las fronteras mentales ni en la de los mercadeos de influencias. La constituída. La presencia de España en esa Europa de los 25 sigue siendo para bastantes ciudadanos españoles una presencia con reservas. La diferencia reside en el concepto más que en las formas o en el poder realmente alcanzado. En una Europa laica, una España laica. No lo entienden así el Papa ni sus monseñores delegados, que el mismo día de la jornada de reflexión de las últimas elecciones europeas y el mismo día de las votaciones propiciaron homilías partidistas para influir en el voto de los ciudadanos. A fe que no lo consiguieron, pero intentarlo, lo intentaron. Y es que el triunfo socialista en las últimas elecciones generales los cogió a contrapié. Ahora pasan factura. Su Santidad amonesta al nuevo embajador de España, señor Dezcállar, acusando a nuestro país de falta de respeto a la vida humana por la ley de embriones, las bodas entre homosexuales y otras cuestiones de estilo. La frase "el intolerable laicismo que se configura como religión pública" no tiene desperdicios. Los autores de la joya han sido --¿cómo no?-- los monseñores de siempre y a la cabeza de ellos la nueva estrella mediática, monseñor Rouco Varela, que no tuvo reparos, por cierto, en casar y darle la comunión a una selecta divorciada. La última intromisión electoral en el voto ciudadano europeo de la jerarquía católica no ha sido denunciada, por cierto, ante ninguna junta electoral ni el señor Rajoy compareció urgentemente ante la prensa para denunciar tamaño desatino cívico. Ningún juez tomó declaración a quienes intentaron influir tan descarada como burdamente en el voto de los ciudadanos. El acto, en sí, no mereció siquiera las portadas de la prensa, sólo algún comentario de pasada. Lo que puede significar que los monseñores ya no son tan influyentes como antaño y que sus palabras, como las del Papa, por un oído entran y por el otro salen para los católicos progresistas, que una cosa son los respetables principios religiosos de cada persona y otra, muy diferente, sus principios cívicos. Principios cívicos son considerar que laicismo es lo contrario de religiosidad y que laicismo es lo que ordena la Constitución española para todos los ciudadanos de este país, incluídos los ciudadanos católicos que tienen todo mi respeto desde el momento en el que convivo con una católica practicante que tiene clara esa diferencia entre sus principios cívicos y sus principios religiosos, de manera que ninguno de ellos influye en los otros. Tal vez habría de considerar la Iglesia la idea de dar clases obligatorias de Constitución en seminarios y centros de formación religiosos. Y puesto que no estamos dirigidos, como consideraba Sthendal en su tiempo, por un gobierno de clérigos ni nada parecido a un "régimen tibetano" (como también consideraba Ortega y Gasset) habría que recordar que el Estado español es un Estado laico. Como laica es la nueva Constitución de Europa. Así que basta de regañinas papales y de pastorales políticas y que cada cual, Estado y religión, ocupe el puesto que le corresponde. Que al fin y al cabo, con nuestros laicos impuestos, seguimos costeando sus sermones.
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