|
|
|
Inicio
»
Bitácora (2004)
|
Versión Imprimible
|
|
» Liturgia feudal |
BITÁCORA
LITURGIA FEUDAL
Carlos Rivera
02/06/2004
Supongo, a la vista del éxito de audiencia televisiva de la pasada boda del heredero y Letizia y de la copiosa tirada de las revistas del corazón, que la mayoría de las mujeres de este país son monárquicas, si no políticamente, al menos sentimentalmente. No digo tanto de los hombres, a los que he oído abundantemente despotricar del gasto, del "glamour" del evento y hasta alegrándose de la lluvia, la húmeda convidada que deslució el festejo. Y bien que celebró la presencia de la lluvia el alma republicana de tantos ciudadanos de este país. Considerando la esencia decorativa y anacrónica de algunas instituciones de la vieja Europa, como la realeza, que parece ungida para algunos de esencia divina, resultó natural que a la par del evento nupcial de Felipe y Letizia hubiera alguna anecdótica celebración en paralelo como la del ARA, siglas del Ateneo Republicano de Asturias, que a la misma hora de la boda rindió homenaje a un animal totémico de aquellas abruptas montañas, y más concretamente al oso que se zampó a Fáfila o Favila, rey godo sucesor del Pelayo que en Covadonga inició la reconquista contra el árabe invasor. (Hasta ahora, que yo sepa, no se conocía la existencia de plantígrados republicanos, pero haberlos hubo. Sí me constaba, en cambio, la histórica existencia de algunos republicanos que llegaron a hacer el oso, como en otro tiempo nuestro paisano don Lerroux de La Rambla y ahora mismo un tal Bush de Texas, plantígrado devorador de países petrolíferos y cuya familia emparentó, vía negocios fraudulentos, con el enemigo público número uno de nuestro tiempo, Osama Bin Laden, tal como nos cuenta un paisano del oso de Texas en un documental premiado en Cannes. Alguna faena económica debió hacerles Bin Laden a los Bush, dada la saña con la que lo persiguen por tierra, mar y aire). Cierro el paréntesis y volvemos a donde estábamos: la boda y el oso que se comió a Fáfila o Favila. Documentado no está el hecho. Pudo ser una chorrada histórica de las muchas que nos han contado los dóciles docentes del sistema, pues ni en la Crónica Albendense ni en la Rotensis ni en otros ajados medios de la antigüedad consta el dato fehacientemente. Todo lo más se limitan a decir que Fáfila o Favila tuvo un brevísimo reinado, porque a los dos años de acceder al trono fue muerto violentamente por un oso y sucedido por su cuñado Alfonso I, pues ya se sabe que en estas cuestiones del trono todo queda en familia. Por otra parte, mucha sidra debieron haber bebido en ese día de la boda los republicanos del Ateneo en cuestión para acordarse del oso y de Favila. Pienso que lo hicieron para disimular lo contentos que estaban con el insólito hecho de que una paisana plebeya contrajera la más terrible enfermedad del mundo, contraer matrimonio, con un heredero que además lleva el honor añadido de ser Príncipe de Asturias, venerada región de nuestras juergas de solteros, tan celebrada por muchas generaciones de españoles que solían poner fin a sus sentimentales digestiones etílicas con el canto patriótico que le tocaron los gaiteros a Felipe y a Letizia. Lo del oso, una excusa, pues en Asturias ya apenas quedan ejemplares del plantígrado. Ni monárquicos ni republicanos. Es una especie a extinguir, como es posible que con el tiempo se vayan extinguiendo esas especies coronadas a las que sólo se las conoce por los fastos, por las joyas que doran sus eventos nupciales, por el esplendor que dan a sus endogámicas relaciones y por lo caro que nos cuestan esos asuntos de familia suyos de presupuestos tan desmedidos. De la puesta en escena de tan celebrado evento sólo recordaremos lo anecdótico: la persistente lluvia, el adefesio de la Almudena decorada con las horribles vidrieras del jefe de los "kikos" y el detalle espontáneo de la patada del niño Froilán. Todo lo demás tenía ese olor a naftalina histórica tan poco digerible en la aldea global. Tanta pompa y circunstancia no se avienen con las lacerantes carencias de un mundo tan desigual como el que padecemos. Quédese, pues, el "glamour" para ellos, que lo disfruten mientras puedan, pero con la debida discreción. Sus "rolls royces", sus diamantes, sus títulos y sus coronas que mutan de padres a hijos, tienen, en estos tiempos, un decadente y anacrónico tufo a liturgia feudal.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|
Carlos Rivera
»
Bitácora (2004)
» Respuesta |
Envía este
artículo a un amigo CLICK
AQUÍ |
|
|
|
|
|
|