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Ni para merendar
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BITÁCORA

NI PARA MERENDAR

Carlos Rivera

26/05/2004




Con ocasión de cierta lectura de Vicente Aleixandre, y llegada la hora del coloquio, un ingenuo estudiante le preguntó a nuestro Premio Nobel: " -Don Vicente, ¿la poesía da para comer?". A lo que Don Vicente, con una sonrisa en los labios, le respondió : -"¿Para comer?. Ni para merendar, hijo". Toda una definición económica para un género literario como el que algunos ejercemos más por destino que por vocación o voluntad. Y traigo a cuento la anécdota pues recientemente fui invitado por el Ayuntamiento de un pueblo de nuestra provincia, cuyo nombre silencio, para una mesa de esas en las que no se come sino en las que se divaga sobre asuntos que al respetable público asistente apenas le interesan. Fue con motivo de la feria del libro del citado pueblo y me acompañaba otro poeta amigo. El tema era la poesía cordobesa, en términos generales. Aunque era lo de menos. Estábamos allí, supongo, para justificar un presupuesto de cultura (eso creía yo) o para dar santo y seña de que aquello era una feria del libro y, como el presupuesto de cultura no da para tanto, y más en un pueblo pequeño, pues ya se sabe: se echa mano de la amistad, cuestión a la que uno jamás debe negarse. Y fue por amistad hacia cierta encantadora persona por lo que acudimos a la citada feria.
Pensaba yo, mientras viajábamos, en el cotarro literario, en esa grey anárquica que somos los poetas y en la que cada quisque si tiene que comentar un nuevo libro que acaba de aparecer lo hace a regañadientes y sin pasarse ni una sílaba en el elogio. Y eso cuando hay amistad, figúrense si no la hubiera. De eso se trataba: de hablar de la poesía cordobesa, de sus nuevos y viejos valores, en aquella mesa en la que íbamos a ser comensales de ese ágape morboso esgrimiendo, a nuestro entender, una serie de juicios de valor sobre los que nos precedieron y lo poco que sé sobre los que nos han sucedido en ese menéster, nada económico, de la creación poética en nuestra tierra, de la que brotan poetas como hongos por cualquier poro de su geográfica piel.
Y en esto que llegamos al pueblo y nos sentamos a la mesa para decirnos que nos conocemos todos, pero no tanto, y que a todos nos falta tiempo y valor para hablar de los méritos literarios de nuestros coétanos y coterráneos en el ejercicio de la pluma.
Aparte de la concejala y del técnico de cultura de la mancomunidad sólo habían acudido al acto una decena de voluntariosas personas cuya sola presencia nos obligaba, a mi amigo y a mí, a ser livianos y amenos en la exposición, para no hacernos demasiado prolijos. Y así fue terminado con la complacencia de todos, los parabienes y los saludos finales, en cuyo momento la concejal de cultura se acercó a nosotros para entregarnos, como agradecimiento, un estuche con tres hermosas botellas del afamado vino de la tierra. Mi amigo me miró escrutadoramente como diciéndome: ¿con esto nos van a pagar?. Y yo, acostumbrado a estos percances, me limité a agradecerles el obsequio, elogiando, de paso, las virtudes del vino en cuestión.
Cierto es que no sucede igual en todos los lugares a donde uno acude a leer o divagar sobre el desagradecido género de la poesía. En ocasiones te dan un misterioso sobrecito, te invitan a comer o a tomar unas cervezas hospitalarias. En el pueblo de marras, ni eso. Lo que quiere decir que el poeta, como "homus economicus" es un verdadero desastre, habida cuenta de la fama de la que estamos precedidos, clasificados y etiquetados : ni para merendar da la poesía y bien lo sabía Vicente Aleixandre que sólo con el premio económico del Nobel fue recompensado en esta vida de su virtuoso creacionismo.
Aunque soy de la creencia de que la poesía jamás será "la bien pagá", porque no hay precio cuantificable para tan extraño como placentero e ingrato producto, bien es verdad que los presupuestos de cultura deben reconocer económicamente la presencia de los poetas en esos actos a los que acuden para un beneficio ajeno: dar lustre a los políticos o a la institución que los ha convocado.
Después de todo ese parece ser el fin utilitario de los poetas: ser exhibidos por los poderes públicos o privados para justificar unos gastos de esa entelequia llamada cultura. Menos mal que el vino estaba delicioso. Lo que no deja de ser un placer impagable.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Bitácora (2004) » Respuesta

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