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BITÁCORA
De la infamia
Carlos Rivera
19/05/2004
En la historia universal de la infamia que otro Borges podría continuar, se contarán las torturas y vejaciones del guerrero americano para con los prisioneros afganos e iraquíes y los encarcelados en Guantánamo, como una simple anécdota frente a la categoría superior de la maldad perpetrada por las bombas de racimo que no han causado el más mínimo escándalo en las farisaicas conciencias del pueblo americano, tan influidas por la interpretación calvinista de la Biblia. Nunca se hablará, o sólo de pasada, de otra maldad no visible, no cuantificable ni apreciable (¿cómo poner precio a tanta destrucción?). Me refiero a la fecha del mes de abril del 2003, cuando fueron destruidos y saqueados en Bagdad el Museo Nacional, la Biblioteca Nacional y la Universidad de la capital del país. En tales instituciones, cuya destrucción a muy pocos ha escandalizado, estaban los testimonios de los comienzos de la historia de la civilización y la cultura humanas en siete mil años de presencia en la tierra. Allí, catalogadas y clasificadas, se guardaban millares de tablillas de la civilización sumeria. Allí estaban los miles de ejemplares que daban testimonio de la Biblioteca de Babilonia, a la espera de ser catalogados y clasificados. De las tablillas en escritura cuneiforme no destruidas sabemos su paradero: el mercado negro de antigüedades de los Estados Unidos, adonde fueron a parar, vía Israel. Otro objetivo de la destrucción sistemática perpetrada por los ejércitos invasores fue el Museo de Hanmurabi, el gran legislador de la antigua Mesopotamia que dejara escrito el famoso lema que se exhibía en la sala principal del Museo :"Yo, Hanmurabi, establecí la justicia en el mundo para destruir la maldad y evitar que los poderosos oprimieran a los débiles". En la Biblioteca Nacional de Bagdad, una joya arquitectónica, se conservaban cientos de miles de libros de un valor incalculable. Entre ellos, y como parte de la historia de Al Andalus, un tratado de medicina de nuestro paisano Avicena (que fue durante siglos manual universitario tanto en los países del Islam como en Occidente) y el Tratado sobre los números de Abu Said Al Magribi. Sabemos, además, que los fondos de la citada Biblioteca habían sido enriquecidos con aportaciones particulares como las de los padres carmelitas de la ciudad iraquí y las donaciones de Raschid Alí Alquillani, con lo que, haciendo recuento de lo destruido, ni el incendio de la Biblioteca de Alejandría en el siglo V ni el saqueo de la capital de Mesopotamia por los mongoles en 1238 fueron comparables a los daños causados por el ejército de invasión auspiciado por el nefasto Trío de las Azores. En la futura historia universal de la infamia deberán constar los nombres de los que autorizaron y cometieron este nuevo e irreparable crimen contra la humanidad que han supuesto los actos de barbarie del mes de abril del año 2003. También la política se convierte en infamia cuando no se pide perdón ni excusas por la guerra ni por los muertos civiles ni por el patrimonio cultural destruido sino escandalizándose hipócritamente sólo por las torturas infligidas al paisano o soldado iraquí o a las mujeres violadas y vejadas. Y digo hipócritamente porque todavía nadie ha pedido excusas ni perdón por el tratamiento vergonzoso y contra todo derecho humano de los prisioneros de Guantánamo. Y digo hipócritamente porque todos sabemos que es una rutina la existencia de tales prácticas de tortura por cualquier ejército vencedor en cualquiera de las innumerables guerras o dictaduras permitidas a lo largo y a lo ancho de este mundo. Jamás o raramente han sido castigados los responsables de esa práctica sistemática de la tortura para con el vencido o prisionero. La tortura es políticamente interpretada, incluso en los países más civilizados, con el desmentido o el mirar hacia otro lado o el de alguna confesión hipócrita de culpa sólo cuando la denuncia se convierte en imágenes, como en estos días está sucediendo. Que no nos vengan ahora con lagrimitas ni deseos de reparación moral los que han destruido uno de los más importantes patrimonios culturales de la humanidad. En el cuaderno de la nueva derrota de nuestra civilización deben constar los nombres de los políticos que autorizaron y consintieron tales infamias.
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